El camaleón peripatético

Medicamentos de infancia

En momentos difíciles o en amagos de enfermedad, como anhelo o certeza de purificación, o como simple ocurrencia al paso, mi madre y mi tía echaban mano de un polvo pardo ubicado en la última repisa.

Entra al cuarto donde escribo y el camaleón peripatético ve el siguiente mensaje: “Aterrado: próxima visita de rutina al médico. Dejo a modo de conjuro estos lances sobre medicamentos de infancia. Sale.”

~En momentos difíciles o en amagos de enfermedad, como anhelo o certeza de purificación, o como simple ocurrencia al paso, mi madre y mi tía echaban mano de un polvo pardo ubicado en la última repisa, improvisada como botiquín, de la alacena de madera en la cocina. Estaba en un botecito cilíndrico de cartón, con el fondo y la tapa de metal, cubierto por una etiqueta amarilla. Para abrirlo había que botar la tapita haciendo palanca con el mango de una cuchara, mango que serviría después para ingerir el polvo directamente o echarlo en un vaso de agua, puesto que mi madre y mi tía lo tomaban en dosis tan exactas —es decir, tan improvisadamente exactas— que la pala de la cuchara habría recogido una dosis mayor a la requerida. No he vuelto a ver ese medicamento, si medicamento era. Se llamaba Hepalina. Del mismo modo en que el botecito aquel nunca me remitirá a la historia de los laboratorios farmacéuticos sino a la historia (íntima) del arte, la palabra Hepalina nunca me remitirá a una raíz o a un hecho hepático sino a la mitología griega y latina de mi infancia.

~La primera borrachera que me puse tuvo que ver con uno de esos personajes griegos o latinos, salido también de aquel botiquín. Era un jarabe para la tos; el frasco tenía una etiqueta blanca con varias hojas verdes que aspiraban al cielo. El Eucaliptine era tan dulce y gelatinoso que formaba cristales inmediatos en la boca del frasco, y los hilos verdes, al derramarse, se quedaban pegados a las paredes externas del mismo frasco. Aquella tarde tosijosa, entre caricatura y caricatura ante la televisión, me paré varias veces a la cocina, fui al botiquín de la alacena y con una cuchara de sopa me tomé casi un frasco de Eucaliptine. Un frasco de los grandes, puesto que venía en varias presentaciones. (La más pequeña de esas presentaciones sería hoy una miniatura artística.) Pocas euforias como aquella. A las siete de la noche lo devolví todo. En vano. Me dio por subirme al ropero de mi cuarto y tirarme una y otra vez sobre la cama. Años después me enteré de que el Eucaliptine era rico en codeína.

~De aquella alacena-botiquín bajaban las píldoras Seven Seas (nunca pronunciadas sevensís) de hígado de bacalao. Estas píldoras eran traídas de Chetumal, Quintana Roo, entonces perímetro libre. En nuestra vida familiar las SevenSeas recibían plenas alabanzas como fuente de curación de muchas enfermedades respiratorias, contagiosas, crónicas y meramente anímicas; a veces enfermedades de apocamiento o infrecuencia de voluntad. Estas píldoras, subrayo, eran de bacalao. Diferencia fundamental: en aquel entonces lo que se tenía a mano en la ciudad de México eran las hoy no menos epifánicas Perlas Canín, anunciadísimas en el radio y la televisión. Pero nosotros —mis hermanos y yo— ni por olor supimos nunca de las Perlas Canín. Mi madre y mi tía se encargaron de darnos las píldoras de verdad, las de bacalao, puesto que ambas mujeres, pero sobre todo mi tía, abrigaban ciertas ideas al respecto. Tales ideas tenían para mí el peso de la verdad irrefutable: las píldoras de hígado de tiburón eran una porquería, puesto que el tiburón depredaba en los mares bajos y tibios, y esto no debía traer nada bueno. De algún modo el tiburón era una especie de bajofondista de los mares, como proclive a la morbidez tropical y (si se pudiera) la malaria; un tipo comodino y turbio, medio golfo y desabrochado. Por tanto, el tiburón debía tener el hígado descompuesto si no era que podrido. (¿Y qué madres, como mi madre y mi tía, les darían a sus hijos píldoras extraídas de un hígado así?) En cambio, el bacalao era un pez de altura, es decir, un pez de mares fríos y profundos, un pez como dado al trabajo y galopeador contra el viento. El bacalao era un pez saludable, a diferencia del tiburón, y sobre todo: fueran cuales fuesen las debilidades morales de alguno que otro bacalao que, como individuo, difiriera de las cualidades de su especie, al cabo se imponía lo siguiente: en la profundidad de aquellos mares nórdicos todo bacalao estaría en una suerte de congelador; su hígado existía —puesto que estaba frigoríficamente guardado— para converger en las virtudes potenciadoras, curativas y en mi caso irrecuperables de las píldoras Seven Seas.