El camaleón peripatético

Manos muy ocupadas

Rilke, como el mismo Abel Martín, había estado y estuvo con varias mujeres; pero desde sus 24 hasta sus 50 años, antes de morir, peleó y seguía “peleando contra sus manos” que lo odiaban (¿o él las odiaba a ellas?)

Dos libros que aparecieron en inglés el año que acaba de terminar —le digo al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— me dieron un par de sorpresas o el descubrimiento de algo que no esperaba. Primero, una nueva edición de The Complete Poems de Constantino Cavafis; y segundo, The Rilke Alphabet, publicado originalmente en alemán el 2006 y cuyo autor es Ulrich Baer. Resulta que ambos poetas le daban vuelo a Manuela Palma.

—No me digas que vas a escandalizarte o que debido a eso vas rendir tu admiración por estos poetas. Y porque ahora que lo pienso, sería un buen trabajo aquel que tratara el tema de los poetas y la masturbación. Por ejemplo, figuraría en primerísimo término el poema “La mano de Onán se queja”, del dominicano Manuel del Cabral, entre cuyos versos leemos: “Yo soy el sexo de los condenados… Yo soy la amante de los que no amaron… Soy el minuto antes del suicida… Sola de amor, mas nunca solitaria,/ limitada de piel, saco raíces… Se me llenan de ángeles los dedos,/ se me llenan de sexos no tocados… Besos que bajan desde el cráneo a un dedo…”. Y qué me dices de aquella breve y festiva maravilla atribuída por Antonio Machado a su heterónimo Abel Martín: “Aunque a veces sabe Onán/ mucho que ignora Don Juan”.

—El asunto es que a diferencia de poetas como Philip Larkin o el filósofo Ludwig Wittgenstein, oficiantes en el altar de Onán con la misma festividad que Abel Martín, Cavafis y Rainer Maria Rilke vivieron el placer por mano propia de modo culposo. Siempre juré que el poema “Jura” de Cavafis tenía que ver con “recaídas” en los “placeres prohibidos” que dijo Luis Cernuda; ahora veo que eran encuentros autosexuales o de sexo solitario puesto que Cavafis los asume como algo “fatal”, muy distinto a los otros encuentros homosexuales que celebra en la mayoría de sus poemas. Dice el poema “Jura” en versión de Elena Vidal y José Ángel Valente (Constantino Cavafis. Treinta poemas. Ocnos, Barcelona, 1971): “Jura una y otra vez que rehará su vida./ Pero al llegar la noche y sus consejos,/ sus compromisos, sus ofrecimientos;/ pero al llegar la noche con su propio poder,/ el del cuerpo que quiere y pide, al mismo/ fatal placer, perdido, se dirige de nuevo”.

—Pues parece que Rilke la llevaba peor. Ulrich Bauer dedica la letra “C” de su alfabeto a la palabra “Círculo”. Ni más ni menos que, en palabras de Rilke, “esta compulsión a hacerme daño a mí mismo”, “este círculo horrible de magia negra que me encierra como una pintura bruegelesca del infierno”. Rilke sufrió terriblemente por estas “derrotas” cuya “absurdidad” lo rebasaba. El poeta llegó a atribuir sus enfermedades (o la mayor de ellas: leucemia) a la masturbación. Bauer dice incluso: “En la obra de Rilke hay ya un espacio vacío listo para la masturbación, que no puede llenarse con interpretaciones analíticas o de otra índole”. Y en lo mismo: puede hacerse toda una lectura rilkeana en “clave onanista”. Bauer registra, por ejemplo, estos versos en El libro de las horas (1899): “Y de repente te quedas todo solo/ con tus manos que tanto te odian—/ y si tu voluntad no obra un milagro…”. El milagro, claro, de abstenerse o contenerse o triunfar sobre los “diablos fastidiosos” del autoerotismo.

—Lo curioso es que Rilke (1875-1926), como el mismo Abel Martín (“que fue hombre mujeriego lo sabemos”), había estado y estuvo con varias mujeres; pero desde sus 24 hasta sus 50 años, antes de morir, peleó y seguía “peleando contra sus manos” que lo odiaban (¿o él las odiaba a ellas?). Una de esas mujeres fue a su vez musa de más de cuatro, la legendaria Lou Andreas-Salomé, con quien Rilke a sus 21 años (cuando ella tenía 36 y casada con el profesor de lenguas iranias Carl Andreas) tuvo no solo “la primera y plena experiencia amorosa”, sino una amistad que “no decrecería con los años” y una “relación de confianza inagotable” solo interrumpida con la muerte del poeta (Hans Egon Holthusen: Rainer Maria Rilke. Traducción y notas de Jaime Ferreiro Alemparte, Alianza Editorial, Madrid, 1968). Junto con los poemas, en las cartas que intercambiaron Rilke y Lou Andreas-Salomé es donde Bauer lee entre líneas todo lo referido al onanismo del poeta. Vayamos, camaleón, a una ironía final. El mencionado Libro de las horas de Rilke está inscrito a Lou Andreas-Salomé, en una dedicatoria que pone el libro “en las manos de Lou”. ¿Por qué “en las manos de Lou”? Pues a lo mejor porque Rilke ya tenía las suyas muy ocupadas.