El camaleón peripatético

'Kafkachistes' y levedades

“LOS DOS CONOCEMOS cantidad de ejemplares característicos de judíos occidentales. Yo, por lo que sé, soy el más occidental de todos; eso significa que no se me ha dado un solo segundo de paz”

Volvemos a la noticia —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— sobre la nueva edición (Alianza Editorial) de la correspondencia de Franz Kafka con Milena Jesenská, quienes mantuvieron amores entre 1920 y 1921 (MILENIO/El Mundo, 30/10/15). Dice Luis Alemany, autor del artículo ("Amor, tos y judaísmo"): "Nunca antes el conjunto de cartas de Franz a Milena (las respuestas de Milena están desaparecidas) se había publicado íntegramente en español. La edición que se conocía estaba basada en una pudorosa selección alemana de 1952. Diez cartas completas y un buen puñado de párrafos habían desaparecido de aquella edición. En algunos pasajes, Kafka se refería a personas entonces vivas. En otras, había malicias sobre los judíos. 'Los dos conocemos cantidad de ejemplares característicos de judíos occidentales. Yo, por lo que sé, soy el más occidental de todos; eso significa que no se me ha dado un solo segundo de paz'. Ahora, todo eso da un poco igual. Carmen Gauger, la nueva traductora, guía en el prólogo del libro por esta 'novela de amor' hecha en cartas que viajaron desde Praga, Karlsbad y Merano a Viena entre abril de 1920 y el día de Navidad de 1923. Cuatro meses después, Kafka murió".

—Pues yo me doy por bien servido con la mencionada edición anterior en español que reproduce la alemana de 1952 (Franz Kafka: Cartas a Milena, traducción de J. R. Wilcock, Alianza Editorial, 1974), aunque sea un libro amarillento, con varias hojas ya despegadas del lomo y con subrayados de mis lecturas juveniles. Y, por cierto, sí incluye esas "malicias sobre los judíos" de que habla Alemany; incluso una "peor" que la citada. "Tienes", le dice Kafka a Milena, que no era judía, "demasiado buena opinión de los judíos que conoces (yo incluido) —¡hay otros!—, a veces me gustaría meterlos a todos, en su calidad de judíos (yo incluido), en el cajón de la ropa y esperar, y abrir un poco el cajón, para ver si ya se sofocaron todos; y, si todavía queda alguno, volver a cerrar el cajón y seguir así hasta el final". El editor Willy Hass, a quien su amiga Milena le dio las cartas de Kafka "en la primavera de 1939 poco antes de la entrada de las fuerzas alemanas en Praga" (Milena murió enferma en el campo de concentración de Ravensbruck, 1944), aclara en la nota que dejó la mayor parte de las referencias al judaísmo ya que "no podían eliminarse sin destruir el carácter de la correspondencia entera, aunque invitan a todo tipo de confusiones". De cualquier modo, camaleón, dos cosas me siguen encariñando con aquellas cartas. Lo primero es el humor de Kafka, cuyo nombre suele evocar lo contrario. Retomemos este kafkachiste de oficina: "Estoy en la oficina sentado frente a la puerta del director. El director no está, pero no me asombraría nada que entrara por esa puerta y me dijera: 'Tampoco a mí me gusta usted, por tanto queda despedido'. 'Gracias', le diría yo, 'necesitaba tanto este despido para poder viajar hacia ella'. 'Ajá', diría él, 'ahora vuelve a gustarme y retiro lo dicho'. 'Ah', diría yo, 'entonces me quedo como antes, sin poder viajar'. 'Ah, sí', diría él, 'porque ahora vuelve a no gustarme y lo despido'. Y así seguiría infinitamente".

—Lo otro es la levedad poética de Kafka en su trasiego amoroso. Por caso: "Hoy vi un plano de Viena, durante un instante me pareció incomprensible que hayan construido una ciudad tan grande, cuando tú sólo necesitas una habitación". O por caso: "La conversación se dirigió inmediatamente hacia Viena y hacia sus amistades. Me interesaba mucho oírle mencionar nombres, empezó a enumerarlos; no, eso no era lo que yo quería; yo quería oír los nombres de las mujeres. 'Sí, por ejemplo, estaba Milena, usted la conoce'. 'Sí, Milena', repetí y recorrí con la mirada Ferdinandsstrasse, para ver qué opinaba". Y por caso: "Tienes una cualidad... que no he encontrado en ninguna otra persona. Es la cualidad de no hacer sufrir a nadie. No es que no puedas, digamos, por compasión, sino simplemente porque no puedes".

—Pues con una de esas levedades, camaleón, y con otro momento del poeta árabe Abu Nuwas (siglos 8/9), alguna vez construí este poemita ("De uno al que cambiaron"):

Yo era

Sombrío.

Me hacía

El digno.

Gracias

A ti, hoy por mis adentros

Corren niños, haciéndome

Caras,

Y afuera de mí, niñitas que quieren

Tirarme a una alberca,

Quizá por juzgarme, saberme

Superfluo.