El camaleón peripatético

Hacer que cante el ruiseñor

El Decamerón eleva a la dignidad del arte la pululante vida del pueblo menudo y craso, los plebeyos enriquecidos, los parásitos y libertinos, los aventureros y burladores, desdeñados como materia vil por la literatura caballeresca y cortesana…

Supongo que el artículo “La casa de Boccaccio” de Mario Vargas Llosa (El País, 23/2/14) —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—, donde se narra una visita a la casa del autor del Decamerón (1348 a 1353), se conecta con una nota que leímos aquí en MILENIO hace unas semanas donde el mismo Vargas Llosa anuncia una obra de teatro (supongo igualmente que como lo hizo con Las mil y una noches) basada en los cuentos de Giovanni Boccaccio (1313-1375).

—Cuando leímos esa nota sentí como si algo boccacciano estuviera desde hacía rato en el aire, puesto que meses atrás me habías traído un texto de Joan Acocella (The New Yorker, 11/11/13) sobre una nueva traducción al inglés del Decamerón.

—Y supongo por último que la obra de Vargas Llosa sólo podremos verla en libro, cuando la publique luego de su puesta en escena. Hasta entonces sabremos cuáles de entre los cien cuentos “licenciosos, irreverentes y geniales” del Decamerón escogió Vargas Llosa para su obra. Mientras tanto volviste al que llamas no sólo el mejor companion para el Decamerón sino un libro-delicia: Boccaccio de Cesare Marchi (1975; 1ª. edición en español, Seix Barral, 1989). Pero ¿estás loco? Casi lo subrayaste todo.

—Es que no tiene pierde, camaleón. Donde abras, hallas. Oye: “Buena parte de los cuentos del Decamerón se desarrollan o concluyen en la cama. Con gran ahorro de ropa interior: la Edad Media durmió desnuda. Ignoraba el camisón y la pijama”. O bien: “No toda la Edad Media fue ascética y mística. Si, por un lado, la Inquisición y los dominicos (Domini canes=perros del Señor) perseguían encarnizadamente a los herejes, y se prohibía a los médicos florentinos (1357) visitar más de dos veces a los enfermos que rehusaran confesarse, por el otro no se les escatimaban a los eclesiásticos ultrajes y mofas. Cuando Martín IV, papa goloso adicto a las anguilas y a la garnacha, lanzó una interdicción contra los habitantes de Perugia, culpables de haber devastado la vecina Foligno, éstos arrastraron por las calles un monigote con ropajes pontificios y lo incendiaron”. O bien, la claridad con que Marchi fija el mundo de Boccaccio y su paradójica o involuntaria novedad autoral respecto a ese mundo: “La astucia, la habilidad, la tenacidad de los mercaderes-banqueros no tenían límites… gentes que se habían rebelado contra el principio medieval, escolástico, de la inamovilidad de las clases y jerarquías sociales, y que se imponen como ‘tercer estado’ al que nobleza y clero deberán, al pie de la letra, rendir cuentas… Gracias a los intercambios comerciales el mundo se vuelve más pequeño y más rico… Giovanni desprecia comercios e industrias mientras está escribiendo, sin darse cuenta, su epopeya. El Decamerón eleva a la dignidad del arte la pululante vida del pueblo menudo y craso, los plebeyos enriquecidos, los parásitos y libertinos, los aventureros y burladores, desdeñados como materia vil por la literatura caballeresca y cortesana… Es la Ilíada de los mercaderes, y Boccaccio su Homero”.

—La otra paradoja es que en la segunda parte de su vida Boccaccio se vuelve algo más que un “gran rezador” como el don Guido de Machado: un misógino recalcitrante y un azote de pecadores, empezando por él mismo. Llegó a repudiar su Decamerón. Tanto Marchi como Acocella y Vargas Llosa lo llaman su “crisis religiosa”.

—Se me ocurre ahora que no era crisis sino enfermedad: manía religiosa. Entre los escritores, registro otro caso. Siglos después de Boccaccio la padecería Nikolai Gógol, quien de modo equivalente repudió su novela Almas muertas.

—Pues abur y vuelvo al peripato, pero antes… ¿qué se te está ocurriendo, maldito?

—¡El Decamaleón! Pero calma, se referirá sólo a lo que sigue. Uno de los mayores placeres en el Decamerón es encontrarse lo que Acocella llama los “eufemismos sexuales” y que mejor sería llamarles decameronismos. En todo el Decamerón solo dos veces se habla de “conocimiento carnal”; las otras son todo un arte camaleónico para referirse al asunto de diversos modos. Van sólo diez: un Decamaleón. 1. San Crece en Vallehondo (de un sitio real: San Cresci in Valcava). 2. Trabajar y cardar la lana. 3. Labrar el campo con aperos. 4. Cavar en terreno blando. 5. Llevar las roscas en varas. 6. Tirar del cabo hacia popa. 7. Prestarse el mortero y el mazo. 8. Estar el alma entre rosas. 9. Hacer el paño tupido. Y mi decameronismo predilecto, camaleón: 10. Hacer que cante el ruiseñor.