El camaleón peripatético

Enseñándole a escribir al mono

Dice Desmond Morris que hubo un "performance" en el que a seis macacos en cautiverio se les dio un tablero de computadora para ver qué pasaba; tras un mes, habían producido cinco páginas de escritura; en su mayor parte habían tecleado la letra s.

Sin duda el de José Juan Tablada sería uno de los mejores —me dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—; o el mejor poema que conozco sobre el asunto: “El pequeño mono me mira…/ quisiera decirme/ algo que se le olvida”. Veo que lo preguntas porque tienes aquí el último libro de Desmond Morris, Monkey (Reaktion Books Ltd., Londres, 2013). El mismísimo autor que hace años logró un best seller con Elmono desnudo.

—Así es, camaleón. Te confieso que nunca leí El mono desnudo pero este Monkey es un librito muy disfrutable. Por ejemplo, y antes de ir a la parte literaria, aislé en él cosas como la siguiente. Resulta que en la isla Ko Samui de Tailandia, unas 500 plantaciones de coco emplean a monos macacos-cola de cerdo. Se les entrena desde pequeños para desenroscar cocos de árboles altos. A los tres o cuatro años ya son expertos; se les obliga a hacer estos trabajos forzados durante diez años más y en sesiones larguísimas yendo de un árbol a otro. Están siempre aprisionados por el cuello con cadenas y pesas de plomo, de modo que no pueda ocurrírseles un estilo alternativo de vida: escaparse de árbol en árbol hasta llegar a los bosques tropicales y ser libres.

—Pero apuntaste algo al respecto. Tal “violación de derechos macacos” viene en el capítulo 6 del libro; el autor quizá no repara en que el capítulo 7 incluye esta frase de Emerson: “La esclavitud es una institución hecha para convertir a los hombres en monos”. Era de ocurrírsenos: frente al caso de los macacos en Tailandia, ¿la frase cambiaría entonces a “La esclavitud es una institución hecha para convertir a los monos en hombres”?

—El capítulo 7 es en efecto el referido al mono y las obras literarias. (El 8 se titula “Monos y artistas”. Sí viene Frida Kahlo.) Con más exactitud, el 7 es un capítulo con citas literarias sobre monos, digamos la de Mark Twain: “Creo que el Padre celestial inventó al hombre porque estaba decepcionado del mono”. O la de un proverbio africano: “Ningún mono se ríe de otro”. (Extrañé la mención, en ese ámbito, del cuento africano donde la luna ha caído en el pozo y hay unos monos que intentan liberarla.)

—La parte más divertida tiene que ver con la cita que dice o decía: “Dale al mono una máquina de escribir y si durante el tiempo necesario aporrea las teclas al azar, acabará eventualmente por escribir las obras de Shakespeare”. Por entretenerse, algunos matemáticos calcularon que, aunque no imposible en teoría, esta hazaña podría llevarse más de 100 mil veces la edad del universo. Morris registra los chistes al respecto. Por caso: “Hemos oído que un millón de monos en un millón de teclados podrían producir las obras completas de Shakespeare; ahora, gracias a Internet, sabemos que no es verdad”. O por caso: “Sé de alguien que puso en práctica el experimento de los monos ante las máquinas de escribir; pero solo obtuvieron las obras completas de Francis Bacon”. (Alude al camelo de que Bacon, y no Shakespeare, escribió Shakespeare.) Y por caso: “He oído que si encerraras a William Shakespeare en un cuarto con una máquina de escribir durante el tiempo necesario, eventualmente escribiría las letras de todas las canciones de los Monkees”.

—Ahora bien, camaleón. Dice Morris que en la Universidad de Plymouth hubo, no un experimento sino un performance artístico en el que a seis macacos en cautiverio se les equipó con un tablero de computadora para ver qué pasaba. Al cabo de un mes, esos monos de zoológico habían producido cinco páginas de escritura; en su mayor parte habían tecleado la letra s.

—Pues si los monos no son buenos para la máquina de escribir o el teclado de computadora, sí serían buenos para el lápiz y la poesía. Quiere decir: como en el caso de Tablada, los poetas han sido más ocurrentes a la hora de los monos. Pienso en este poema del estadunidense James Tate, titulado “Enseñándole a escribir al mono”, que hace algún tiempo te encontraste en un libro de poemas seleccionados por el poeta polaco Czeslaw Milosz: A Book ofLuminous Things (Harcourt Brace, NY, 1996). Va tu versión:


No les costó trabajo

enseñarle al mono a escribir poemas:

primero lo amarraron a la silla

luego le amarraron el lápiz a la mano

(ya habían clavado el papel en la mesa).

Luego el Doctor Bluespire se inclinó sobre su hombro

y le dijo bajito al oído:

“Pareces un dios sentado ahí.

¿Por qué no intentas escribir algo?”.