El camaleón peripatético

Dieciocho whiskies derechos

Dylan Thomas estaba en el hotel Chelsea cuando le dijo a su cuidadora que saldría a tomarse un trago; hora y media después regresó, y solo habían sido cuatro o cinco, suficientes para que la muerte comenzara a imponer su reino.

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Johnny lee Paris Match y The New Yorker —le oigo decir al camaleón peripatético mientras entro al cuarto donde escribo; imita la voz de Julio Cortázar, que pronuncia las erres guturalmente, en aquella grabación que en México difundió Voz Viva de la UNAM—; mezclando su famoso (y roñoso) librito de bolsillo con poemas de Dylan Thomas y anotaciones a lápiz por todas partes…

—Claro, camaleón. El cuento “El perseguidor”, de Julio Cortázar, sobre el músico de jazz Johnny Carter, un homenaje explícito a la memoria de Charlie Parker, tiene incluso un epígrafe con que empieza un verso de Dylan Thomas: “Oh, hazme una máscara”. Pero ¿por qué te acordaste?

—Reparo en que empatan, así: entre los centenarios de nacimiento para el 2014 uno de ellos será el de Julio Cortázar, y otro igual de sonoro será el del mencionado galés Dylan Thomas. Mientras tanto, este noviembre se cumplen 60 años de su muerte, como lo resalta el sitio
de internet Wales OnLine. Supongo que los galeses estarán desesperados porque lo que se sabe sobre Dylan Thomas vaya más allá de la referencia obligada: Robert Zimmerman tomó del poeta su nombre de cantante, Bob Dylan. No sé si pensaba en eso mismo el profesor John Goodby, quien acaba de publicar un libro sobre Dylan Thomas, y quien también dice ahí que el poeta “era un radical y un bohemio y lo que le seguiría. En los sesenta, creo que habría tenido una aceptación masiva. Esa habría sido su década. Uno podría imaginarlo como una figura señera de la contracultura, probablemente al lado de los Beatles”. ¿No es demasiado?

—Lo curioso es que, por ejemplo, Paul McCartney modeló su canción beatle “Penny Lane” según el poema de Dylan Thomas “Fern Hill”, una hermosa evocación del sitio en que el poeta pasaba los días feriados con una tía durante su infancia.

—Y algunos poemas de Dylan Thomas se hicieron muy conocidos, sobre todo uno en que “arenga” a su padre, ya ciego, viejo y rumbo al final, para que no entre en esa “buena noche” de modo manso sino que rabie “contra la muerte de la luz”. Tan conocido que en la película sobre la líder sindical Norma Rae, por cuya interpretación Sally Field ganó un Oscar, el personaje recurre a ese poema como un aliciente para la lucha obrera. Y ahora que lo pienso, si echas a andar un péndulo, burdo o reductor en la poesía de Dylan Thomas, oscilaría entre las celebraciones de la infancia y las execraciones de, o las oposiciones a, la muerte.

—Así es, camaleón. Y, por cierto, uno de estos poemas “antimuerte” se titula, empieza y repite a todo lo largo: “And death shall have no dominion”. Gracias a internet exploro algunas traducciones al español del verso: “Y la muerte no tendrá dominio”, “Y la muerte perderá su dominio”; una, muy interesante, dice: “Y la muerte no tendrá señorío”, y lo es por recordar que el verso hace eco de un versículo de la Biblia, en la epístola de San Pablo a los romanos (6, 9). La versión al español de De Reina y De Valera dice: “Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, ya no muere: la muerte ya no se enseñoreará más de él”; la Biblia de Jerusalén dice: “Sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él”. Sin embargo, y según creo, la mejor traducción al español del verso de Dylan Thomas es del poeta mexicano Marco Antonio Montes de Oca, quien vertió con gran acierto: “Pero la muerte no impondrá su reino”.

—Pues “curioso” (te “curioseo” a mi vez) que en materia de muertes la de Dylan Thomas el 9 de noviembre de 1953 en Nueva York sea en parte leyenda, y en parte, parte médico: coma diabético, corto circuito por inyecciones de cortisona y morfina; neumonía. En fin: todo lo que se mezcló mientras estaba en esa ciudad para dar uno de sus legendarios recitales poéticos, por su no menos legendaria y honda voz.

—Pues sí, camaleón. Todo empezó en el libro del poeta y promotor en Estados Unidos, John Malcolm Brinnin, titulado en español Yo conocí a Dylan Thomas (Fabril Editora, BA, 1959). Alcohólico, Dylan Thomas estaba en el hotel Chelsea cuando le dijo a su cuidadora Liz Reitell que saldría a tomarse un trago y volvería en media hora. Hora y media después, a su regreso, caminó hasta el centro del cuarto y anunció, sin más: “Acabo de beberme 18 whiskies derechos; creo que es un récord”. Solo habían sido cuatro, cinco a lo mucho. Suficientes para que la muerte comenzara a imponer su reino.