El camaleón peripatético

Devuélvemelo, alux

Cuando te desaparezca algún objeto habrás de poner debajo de tu cama algo dorado, en ofrecimiento para que te lo restituya lo que se llevó; una moneda de diez pesos funciona bien, por aquello de que es dorada.

En una antología de cuento croata (A todos nos falta algo, Cal y arena, 2014) —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— me encuentro el último avatar del “pequeño duende casero” en un texto de Senko Karuza. Resulta que en Croacia se les llama Busbuskalai, un solo nombre para distintos duendes: “Busbuskalai apareció en el fregadero. Ya empiezan los problemas. Otra vez se prepara para estropearme el día. Empieza temprano, durante el desayuno. Será tan descarado que ni siquiera esperará a que los niños se vayan al colegio. ¡Que se enteren del tipo de padre que tienen! Decido ponerle freno a toda la mierda que pueda pasar; me levanto bruscamente de la mesa, salto sobre el fregadero y le doy un puñetazo en la cara. Los platos vuelan en todas direcciones y Busbuskalai queda aturdido entre los escombros. Espero a ver si ahora me deja en paz”. No me queda claro si el Busbuskalai es un duende solo fregador, como los trolls, o si tiene su lado amable más allá del relato de Karuza.

—Es que los trolls eran también otra cosa antes de su sentido moderno. Leo precisamente sobre un libro que acaba de publicarse en Inglaterra (Trolls. An unnatural history de John Lindow) que lejos de representar a “la bestia de internet”, desde la antigua literatura nórdica los trolls suelen ser lo mismo amenazantes que útiles; perturban el orden natural pero también lo sostienen; afectan y al tiempo resuelven la vida. Son más traviesos que aviesos. Nada que ver con los trolls de las redes sociales. Por cierto, en la casa tenemos una variante de ese duende: es el alux (arux, para los puristas), conocido en toda la península de Yucatán. El alux me pierde las cosas. Para quien tenga uno de ellos en su domicilio participo cómo debe ser la convivencia. Cuando el alux te desaparezca algún objeto habrás de poner debajo de tu cama algo dorado, en ofrecimiento para que te devuelva (“devuélvemelo, alux”, dirás en silencio como parte del ritual) lo que se llevó. Una moneda de diez pesos funciona bien, por aquello de que es dorada, y debes recogerla al cabo de la devolución: querrá decir que el alux ya la integró a su tesoro. Ahora: si después de tres días no te ha devuelto lo perdido, debes poner debajo de tu cama un klínex arrugado (ojo: dije arrugado, de ningún modo sucio) en señal de molestia o leve encono y advertencia al alux de que se está pasando.

—¿Estás loco? Y además en tu locura tienes aquí un apunte que hace el nexo del alux con el escritor alemán Walter Benjamin.

—Ah, camaleón. Es que todo esto va a dar al “jorobadito” de Walter Benjamin. Leí sobre el asunto por primera vez en el ensayo de Hannah Arendt, parte de su libro titulado en español Walter Benjamin; Bertolt Brecht; Hermann Broch; Rosa Luxemburgo (trad. Luis Izquierdo y José Cano, Anagrama, 1971). Decía Arendt que el jorobadito acompañó a Benjamin toda su vida desde que se lo encontró en una canción popular alemana; en ella el jorobadito hace varias travesuras como cambiar el vino de una jarra a otra, resquebrajar la olla donde hierve la sopa o limpiar el plato de comida antes de que te la comas tú.

—Pues sí. Es una especie de alux. Y ya.

—No. Al recordar el ensayo de Arendt me dieron ganas de leer el texto completo de Benjamin sobre el jorobadito. Supe de inmediato que entre mis libros de Benjamin aparecerían todos menos ese, el del texto sobre el jorobadito, porque el alux me lo habría extraviado para jorobarme. Se lo pedí hace un par de días y por fin me lo ha devuelto. El alux me lo había escondido o traspapelado (mejor dicho: traslibrereado) en uno de mis libreros: Infancia enBerlín hacia 1900 (trad. Klaus Wagner, Alfaguara, 1982). El texto “El hombrecillo jorobado” cierra todo el libro. Es precioso, fue escrito a comienzos de los 1930 y en él Benjamin, por ejemplo, aclara cómo es nuestra relación con ese tipo de duendes caseros: “Encontré al hombrecillo muchas veces. Sin embargo, jamás lo vi. En cambio él me veía, y tanto más claro cuanto menos veía yo de mí mismo. Pienso que ‘toda la vida’ que dicen pasa ante los ojos del moribundo se compone de las imágenes que el hombrecillo tiene de todos nosotros. Pasan corriendo como esas hojas de los libritos de encuadernación prieta que fueron los precursores de nuestros cinematógrafos”. Así habrán pasado para Benjamin las imágenes de su vida antes de suicidarse en Port-Bou el año de 1940, cuando su escape de los nazis topó con la última pared.