El camaleón peripatético

Destrúyelo tú mismo

La influencia más benéfica de Augusto Monterroso es saber que la necesaria brevedad no es necesaria necesariamente; que a veces puede ser más una fatalidad que un don o un afán irrenunciable.

Te dejo —encuentra el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— la versión muy abreviada de un texto que leí el sábado anterior (21/2/15) en la Feria del Libro en el Palacio de Minería.* Aclaro tan sólo que Eduardo Torres es un personaje-polígrafo de Augusto Monterroso nacido en San Blas, SAN BLAS, S.B.

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Premio a Cervantes. No: absurda y extrañamente no le dieron el Premio Cervantes. Pero ocurrió algo mejor. Gran parte de la obra de Monterroso es un Premio a Cervantes. Más claro: es el Premio Augusto Monterroso obtenido por Miguel de Cervantes. Es que cualquier autor, por muy Cervantes que sea, tendría que agradecer la originalidad, inteligencia y gracia que hay en cada línea de las que Monterroso empleó para hablar sobre él. Y quizás una reunión de esas páginas daría un libro bueno, aunque si breve; o bien, bueno, y con muchos blancos, dos veces breve, como quizás habría dicho nuestro maestro Eduardo Torres.

Contagio. Basta que Monterroso escoja una cita, un pasaje, un fragmento, para que se contagie de monterrosismo. Vuelvo a dar con esto, SOBRE UNO QUE ENCONTRÓ UN TESORO CUANDO QUERÍA COLGARSE DE UNA SOGA: “Un hombre, en el momento de colgarse de una soga, encontró oro y en el lugar del tesoro dejó la soga; pero quien lo había escondido, al no encontrar el oro, se ató al cuello la soga que sí encontró”. Cada vez lo leeré menos como un epigrama de Ausonio y más como un cuento escrito leyendo por Augusto Monterroso.

Yo también hablo del dinosaurio, parte III. Si no existió, ya lleva rato de existente la señora que le dijo a Monterroso algo como “ya empecé a leer su cuento sobre el dinosaurio pero todavía no lo acabo”. En seguimiento, no ha existido, pero para mí ya existió la señora que le habría dicho: “Señor Monterroso: le quedó bien bonito su haikú sobre el dinosaurio”. Y en ninguno de los casos la señora estaría mintiendo. “El dinosaurio” es un texto ciertamente inacabable; y bien medido, tiene las diecisiete sílabas de un haikú: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Como todos los grandes poemas cortos, el texto brevísimo de Monterroso es inabarcable; mejor dicho, y para que lo inabarcable no se confunda con el tamaño del dinosaurio o vaya a tomarse por él: el texto de Monterroso abarca en sí mismo la posteridad. A ver quién, algún día, acaba de leerlo por más que lo lea.

Titomancia. Sabemos de la suerte adivinatoria llamada bibliomancia. Uno formula una pregunta y va a un libro como si fuera a un oráculo, y abre al azar una página, y ahí donde al abrir uno ponga primero el ojo o el dedo, estará la respuesta a la pregunta. La bibliomancia suele practicarse con libros gordos, espesos, nutritivos; que haiga, digamos, crema de oráculo. Yo me he avenido a ejercer la Titomancia. (Conste: es la primera vez que infrinjo la autoveda de nunca decirle Tito a Tito Monterroso, como quien detenta o merece la familiaridad, sino Augusto Monterroso o Monterroso. Pero comprenderemos que Augustomancia o Monterrosomancia son intransitables.) Tiendo la pregunta, voy a los libros de Monterroso y siempre me sale la misma respuesta oracular, ya sea en Movimiento perpetuo en precedencia al texto “Cómo me deshice de quinientos libros”, o en Lo demás es silencio con las obras de Eduardo Torres. Yo le hago la pregunta mental al Titoráculo y éste me responde, indefectiblemente: “Poeta: no regales tu libro; destrúyelo tú mismo”.

Beneficios y maleficios de Augusto Monterroso. 9 y 10. 9) La influencia más benéfica de Augusto Monterroso es saber que la necesaria brevedad no es necesaria necesariamente. Que a veces puede ser más una fatalidad que un don o un afán irrenunciable. 10) La mayor influencia maléfica de Augusto Monterroso es pensar o sentir que la brevedad resulta posible al ver cómo él la hace posible; creer que la brevedad es posible más allá de Augusto Monterroso.

Por último. Como su querido Charles Lamb, Monterroso pudo decir: Escribo para la antigüedad. A más de diez años de su muerte, Augusto Monterroso lo sigue haciendo. Ningún clásico cesa de escribir para la antigüedad.

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*Presentación de los libros de Augusto Monterroso "Elogio de la mosca. Antología de narrativa y La biblioteca del fabulador. Antología de ensayo", ambos con prólogo y selección de Juan Antonio Masoliver Ródenas (UNAM, 2014). Son, respectivamente, de las colecciones El Licenciado Vidriera y Pequeños grandes ensayos, que dirige el escritor mexicano Álvaro Uribe.

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