El camaleón peripatético

Caperucita correcta

La tendencia del mercado editorial es no aceptar libros infantiles que no sean modelos de conducta, por lo que incluso se han modificado textos clásicos, como en exquisita sátira nos deja ver James Finn Garner.

Según Santiago Roncagliolo (El País, 15/12/13) —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—, la tendencia del mercado editorial es no aceptar libros infantiles que no sean modelos de conducta. Y se han cambiado hasta los mismos cuentos clásicos. Dice que ha leído incluso una versión de “Pulgarcito” censurada y reescrita.

—Me vino rápido a la memoria el libro de James Finn Garner, Cuentos para dormir políticamente correctos (Macmillan, NY, 1994). Casi 20 años después, lo que en Garner era una burla se ha vuelto una vera. Va la versión de Garner a “Caperucita Roja”.

*

Había una vez una joven persona de nombre Caperucita Roja que vivía con su madre a las orillas de un gran bosque. Un día su madre le pidió que llevara una canasta de fruta fresca y agua mineral a la casa de su abuela —no porque tal cosa fuera algo de “mujeres” sino por ser una acción generosa y algo que ayudaba a engendrar un sentimiento comunitario. Más aún, su abuela no estaba enferma, sino plena de salud física y mental y era del todo capaz de encargarse de sí misma como una persona adulta madura.

Así que Caperucita salió con su canasta para atravesar el bosque. Mucha gente creía que el bosque era un sitio peligroso y nunca se paraban por ahí. Caperucita, sin embargo, tenía la confianza suficiente en su sexualidad en ciernes como para que tal y obvio imaginario freudiano la intimidaran.

En el camino a la casa de la abuela, Caperucita fue abordada por un lobo, que le preguntó qué llevaba en la canasta. Ella contestó: “Unos refrigerios saludables para mi abuela, quien ciertamente es capaz de cuidarse a sí misma como una persona adulta madura”.

El lobo dijo: “Sabes, queridita, es peligroso para una niña atravesar sola este bosque”.

Caperucita dijo: “Esta observación sexista de tu parte me parece muy ofensiva, pero voy a ignorarla por tu estatus tradicional de paria de la sociedad, cuyo estrés es la causa de que hayas desarrollado tu propia, y muy válida, visión del mundo. Y si me permites, debo seguir mi camino”.

Caperucita caminó por el sendero principal. Pero, debido a que su estatus como alguien fuera de la sociedad lo había liberado de la adherencia esclavista a un lineal, occidental modo de pensamiento, el lobo sabía de una ruta más rápida a la casa de la abuela. Irrumpió en la casa y se comió a la abuela, un proceder por completo válido para un carnívoro como él. Luego, libre de las rígidas, tradicionales nociones de lo que era masculino o femenino, se puso el camisón de dormir de la abuela
y se deslizó en la cama.

Caperucita entró en la cabaña y dijo: “Abuela, te traje unos refrigerios libres
de grasa y sal para honrarte en tu papel de matrona nutricia y sabia”.

Desde la cama el lobo dijo, con suavidad: “Acércate niña, para que pueda verte”.

Caperucita Roja dijo: “Ay, se me había olvidado que tienes visualmente tantas capacidades distintas como un murciélago. Abuela, qué ojos tan grandes tienes”.

“Tanto han visto, y tanto han perdonado mis ojos, mi niña”.

“Abuela, qué narizota tienes —solo relativamente, ya que a su manera es muy atractiva”.

“Ha olido tanto, y ha perdonado tanto, mi niña”.

“Abuela, qué dientes tan grandes tienes”.

El lobo dijo: “Soy feliz siendo quien soy y lo que soy”, y saltó de la cama. Tomó en sus garras a Caperucita e intentó devorarla. Caperucita gritó, no en son de alarma por la aparente tendencia del lobo al travestismo, sino por su deliberada invasión de su espacio personal.

Oyó sus gritos alguien que pasaba, una persona talador/a de madera (o técnico/a en combustible de troncos, como prefería que le llamaran). Al irrumpir en la cabaña vio la melé y trató de intervenir. Pero al tiempo en que alzaba su hacha, tanto Caperucita como el lobo se detuvieron.

“¿Qué crees que estás haciendo?”, preguntó Caperucita.

La persona talador/a de madera parpadeó y quiso responder, pero no tuvo palabras.

“¡Irrumpir aquí como un Neanderthal, blandiendo tu arma por nomás pensar en ti”, exclamó ella. “¡Sexista! ¡Especiecista! ¡Cómo te atreves a asumir que las mujeres y los lobos no pueden resolver sus problemas sin la ayuda de un hombre!”.

Al oír el discurso apasionado de Caperucita, la abuela salió de un salto de la boca del lobo, tomó el hacha de el/la talador/a de madera, y le cortó la cabeza. Luego de
esta ordalía, Caperucita, la abuela y el lobo experimentaron cierta comunión de miras, y vivieron en los bosques juntos y por siempre felices.