El camaleón peripatético

Bibliomancia

Uno hace una pregunta y va en efecto a un libro; lo abre al azar y donde el ojo o el dedo encuentren primero se obtiene la respuesta.

Antes de que le devuelvas el libro a Ciro Murayama, quien te lo prestó hará mes y medio —me dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— fijemos un pasaje en especial. En español le pusieron El aprendizaje del escritor (Sudamericana, 2014); en inglés se titulaba Borges on Writing (1973): transcripciones de un seminario sobre escritura (de ficción, poesía y traducción) que dio Jorge Luis Borges en la Universidad de Columbia en 1971. Y antes de ir al pasaje, apuntemos: conforme uno de sus traductores, Norman Thomas Di Giovanni, va leyendo el poema “Junio 1968” Borges explica cómo fue haciéndolo. Es el poema donde un lector vuelve a establecer un orden al colocar sus libros en los anaqueles. (En un paréntesis Borges pone en verso lo que dijo en prosa otras veces: “Ordenar bibliotecas es ejercer,/ de un modo silencioso y modesto,/ el arte de la crítica”.) Antes de este paréntesis el poeta revela que ha colocado juntos a dos autores: a (Alfonso) “Reyes no le desagradará ciertamente/ la cercanía de Virgilio”. Borges explica: “Yo sabía que a Reyes, en su propio paraíso secreto, le habría gustado encontrarse cerca de Virgilio”. Y curioso el que unos versos atrás en el poema mencione a dos autores a quienes felizmente ha unido en algún anaquel: (Robert Louis) “Stevenson y el otro escocés, Andrew Lang” para que reanuden de “manera mágica” la lenta discusión “que interrumpieron los mares y la muerte” (porque Stevenson murió antes que su amigo Lang).

—Pues tal “manera mágica” entre estos autores puede ampliarse si recordamos algo, camaleón. En su “Discurso por Virgilio” (1930; sí, ahí donde mismo dijo: “Quiero el latín para las izquierdas”) Reyes invoca ni más ni menos que a Stevenson en nexo con Virgilio. De Stevenson, Reyes tradujo el cuento “Olalla”; y para su “Discurso por Virgilio” tradujo solo un fragmento de “La resaca”, en el que un personaje desembarcado en una isla del Pacífico, “orilla donde caen de arriba los náufragos de la vida europea, los desesperados de la civilización, cambiándose sus maldades y contagiándose enfermedades y vicios”, tiene en sus manos un pequeño volumen “y parece leer sin hacer caso del desamparo que por todas partes lo rodea”. El personaje lee su Virgilio: “Más de una vez, el Virgilio, que no era posible trocar por una comida, lo había consolado del hambre. Lo repasaba tendido a lo largo y con el cinturón bien apretado, en el suelo de la antigua prisión que le hacía de refugio, buscando en el libro pasajes predilectos o descubriendo nuevos encantos que solo le parecían menos bellos porque les faltaba la consagración del recuerdo”. Virgilio le traía al personaje recuerdos de Londres, de su hogar, de su padre: “Y así acontece que una frase de Virgilio no nos hable tanto de Mantua y de Augusto como de rincones de la tierra natal o memorias de la propia juventud”. De ahí que Virgilio parezca, según Reyes, “siempre y para los hombres de todas las tierras, una voz de la patria”.

—Pero tú, frívolo, más bien te quedaste adherido a las frases en donde se lee que el personaje también “abría la Eneida al azar, buscando suertes. Y si el oráculo, como es costumbre de los oráculos, respondía con palabras ni muy precisas ni muy alentadoras”, al menos sugerían las evocaciones de Inglaterra.

—Tenía que ver con la bibliomancia: la adivinación mediante libros. Uno hace una pregunta y va en efecto a un libro; lo abre al azar y donde el ojo o el dedo encuentren primero se obtiene la respuesta. En Reyes/Stevenson yo comprobaba que la Eneida de Virgilio es el libro favorito para tal práctica. Lo que tardé años en saber es de dónde venía la cosa; di con su origen en las Saturnales de Macrobio (Gredos, 2010; edición de Fernando Navarro Antolín), quien vivió a caballo entre los siglos IV-V d. C. Más bien: ahí solo se encuentra la referencia ya que de la obra de Macrobio, donde Virgilio es el tema mayor, se perdieron muchas partes; entre ellas la de Virgilio como gran experto en “derecho augural”, es decir, en la adivinación y desde siglos antes de Macrobio.

—Ya sé: como Virgilio tiene que ver con la patria irás a consultarlo bibliománticamente sobre los destinos nacionales.

—Claro que no. Seamos serios. Ejerceré la bibliomancia, mejor dicho la eneidomancia, para un asunto de veras crucial: qué será del América en lo que resta de la liguilla por el campeonato de futbol mexicano. Venga: con todo, camaleón.