El camaleón peripatético

Bautizo de un fármaco

Antes de que los poetas de los laboratorios bauticen el fármaco suvorexant, yo tengo el nombre perfecto: Funesin©y™, por el personaje de “Funes, el memorioso” de Borges, ficción derivada del insomnio.

¿Qué poema es ése?— le pregunto al camaleón peripatético en el cuarto donde escribo, al oírlo decir: “…en la tercera parte de la noche, cuando todos los demás van al fracaso…”

–No es un poema. Es parte de un largo reportaje de Ian Parker (The New Yorker, 9/12/13); más que reportaje es una especie de thriller farmacéutico sobre la aparición de un nuevo medicamento contra el insomnio que tal vez reemplace o desplace a lo último que se ha utilizado al respecto. Lo de “la tercera parte de la noche” se refiere a que el fármaco tiene una duración mayor: no sólo te pone a dormir sino que te mantiene dormido, a diferencia de otros.

–Veo que se llama suvorexant. El reportaje abre y cierra con la reunión de los expertos de la compañía farmacéutica Merck, que ha desarrollado el fármaco durante una década, con científicos de la Food and Drug Administration y un comité de diecisiete miembros, en su mayoría neurólogos, para ver qué tan efectivo y seguro era el suvorexant y si quedaba aprobado su uso. Mientras tanto recorremos una historia de investigadores, laboratoristas, generaciones de somníferos y sus efectos laterales, “blockbusters” farmacéuticos (término reservado a medicamentos que dan ganancias anuales de mil millones de dólares), neurotransmisores y hasta perros narcolépticos que sufren de “extrema somnolencia diurna y son propensos al colapso en medio del coito: en momentos de gran emoción, los perros, como los humanos narcolépticos, experimentan debilidad muscular súbita, o cataplexia”. Ocurre que los perros narcolépticos carecen de receptores de la hormona orexina, pero los humanos narcolépticos no carecen de esos receptores sino de la orexina misma: “Las células que la producen están destruidas, probablemente por una respuesta autoinmune”. La orexina parecía esencial para ahuyentar el sueño y esto cambió las investigaciones sobre el asunto. Y de ahí la creación de suvorexant, el primer fármaco relacionado con la orexina que saldría a la venta. La cosa va así: la FDA aprobó el medicamento pero sólo en dosis de diez miligramos; la compañía Merck podía incluir también dosis de quince y veinte miligramos para los insomnes que intentaran con diez y no les sirviera. El problema: los expertos de Merck dicen que no es seguro que el suvorexant sea eficaz sino en dosis de treinta y cuarenta miligramos. La historia sigue abierta: Merck les ha dicho a sus inversionistas que el año entrante buscará la aprobación para las nuevas dosis.

–Aún estamos a tiempo. Gran oportunidad de negocio.  

–Ya sé. Quieres “aportar” con tu índole camaleónica para una de las (ni me lo imaginaba) fases axiales del proceso farmacéutico: la coloración de las pastillas.

–Nah. La paleta colorida está muy limitada. Dice el reportaje que en cuestión de pastillas los consumidores son intolerantes a los grises oscuros, los verdes oscuros y los rosas encendidos. Los rojos son culturalmente inaceptables en varios sitios porque recuerdan a la muerte. El color negro, ni se diga. Y tampoco los colores vívidos porque los consumidores rechazan las pastillas que parezcan dulces. Respecto al suvorexant, Merck ya escogió un verde pálido para la pastilla de cuarenta miligramos, el amarillo para la de treinta, y el blanco (en forma oval) para la de veinte y (en forma redonda) para la de quince. No hay nada que hacer ahí en materia de coloraturas. En cambio, es aplicable el “efecto Borges”.

–¿Te refieres a su remedio, o al de su médico? Durante una larga temporada en que Borges padeció insomnio (incluso escribió un poema, que abre su libro El otro, el mismo, sobre esto; empieza: “De fierro, / de encorvados tirantes de enorme fierro tiene que ser la noche…”, y concluye: “amanecerá en mis párpados apretados”), un médico se lo quitó con una simple observación o pregunta: “¿Y quién le dijo a usted que tiene que dormir?”. Si esto cura el insomnio, los somníferos salen sobrando. Aquí tampoco hay nada que hacer.

–No. Voy a esto: antes de que los poetas de los laboratorios bauticen el fármaco suvorexant, yo tengo el nombre perfecto: Funesin©y™. Es por el personaje de “Funes, el memorioso” de Borges, ficción derivada del insomnio. No sé cuánto, de los cuarenta y siete mil millones de dólares que ganó la compañía el año pasado en todo el mundo, me voy a dejar pedir. Señorita –le dice al irse el camaleón peripatético a una secretaria inexistente–, comuníqueme de inmediato con la compañía Merck.