El camaleón peripatético

El Anti-Sexus

Me temo que estamos ante un episodio más de lo que un personaje de Bernard Shaw, citado por Borges y Bioy, observó: toda burla se vuelve una vera en el útero del tiempo.

Pues que “Llega la sexnología” —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo— según este artículo del sábado anterior (MILENIO-El Mundo). O el tecnosexo: se habla de empresas como Kiroo “que están transformando la experiencia íntima a través de internet, especialmente con la realidad virtual, ya que el usuario siente realmente que está en su salón con una persona, cuando puede estar en realidad a miles de kilómetros de distancia”. Se fecha el comienzo del boom sexnológico en 2008; “no fue casual que en ese año comenzara a hablarse de jóvenes, sobre todo japoneses, desinteresados por el sexo en carne viva”. ¿Cómo bautizar entonces a esta otra “carne”, si alguna otra hay: carne virtual, carne-tec? Me temo que estamos ante un episodio más de lo que un personaje de Bernard Shaw, citado por Borges y Bioy, observó: toda burla se vuelve una vera en el útero del tiempo. Es risible cómo lo risible puede tomarse hoy a seriedad; saber de personas que ejercen seriamente lo risible.

—Porque risible fue, camaleón. Me vino de inmediato el más antiguo antecedente de todo esto. Se trata del Anti-Sexus inventado por el escritor ruso Andrei Platonov (1899-1951). Refirió el invento en un texto de 1926; no se publicó en Rusia sino hasta 1981; a fines del 2013 lo conocí en su primera traducción al inglés publicada por la revista Cabinet. Platonov finge traducir al ruso del francés un folleto “publicado ya en ocho lenguas” por una compañía ficticia y dueña de la patente. El aparato, uno diría que similar a lo del tecno entre los jóvenes japoneses, llegaba por fin para acabar con las molestias o la superfluidad del sexo en la era moderna. Más aún: “Con el Anti-Sexus nuestra compañía ha respondido al llamado de abolir el salvajismo sexual de la humanidad y darle a la naturaleza humana un regreso a una cultura de paz, y a un tempo regular, ecuánime y planeado de desarrollo”. Mediante un regulador especial el Anti-Sexus permitía a los usuarios el acceso a un placer de diversa duración, desde varios segundos hasta varios días, “en caso de que nuestro honorable consumidor disponga de todo ese tiempo libre”. Y además, un disco selector “les permite regular a los usuarios el gasto de semen en unidades de volumen, y obtener así el nivel óptimo”. Como “oferta de introducción” el folleto garantizaba a los “habitantes de las tierras soviéticas” hasta un descuento del 20 por ciento a los miembros de los sindicatos que lo compraran colectivamente y “un plan de instalación” durante todo un (burocrático, se sobrentiende) año. [Al respecto, un breve apunte sobre Platonov. Como muchos escritores soviéticos, la pasó muy mal. Le prohibieron publicar varias temporadas y el estalinismo lo apretó mira por dónde, camaleón: encarcelándole a un hijo de quince años. Y ya que hablamos de sexo: el más celebrado relato de Platonov, al menos el que se incluye en The Portable Twentieth-Century Russian Reader (Penguin Books, 1985), “El río Potudan”, cuenta la historia de un soldado que regresa de la guerra civil rusa luego de triunfar con el ejército bolchevique. No puede consumar su simple matrimonio; ha vivido grandes luchas y ahora no se adapta a la naturaleza individualista del “placer pobre pero necesario” del amor sexual.]

—El folleto de Platonov termina con surtidas ironías donde personajes notables dan sus “testimonios” sobre el Anti-Sexus. Hindenburg lo considera una gran ayuda para los líderes militares en su difícil labor de construir el camino a la victoria. Henry Ford lo ve tan serializable como para incluir también a toda la población animal, no solo humana, del planeta. Lord Chamberlain lo juzga un gran apoyo al imperio británico en sus colonias de modo que los administradores de “primera clase” no sientan peligros de que sus esposas sean violadas por los nativos. Charles Chaplin, sugiriéndose que tal cosa no conviene a sus intereses carnales, se declara en contra del Anti-Sexus. Keynes lo cree más efectivo que cualquier reforma económica, sin importar qué tan revolucionaria sea. Mussolini decreta que a todos los fascistas, y luego a todo habitante de Italia, desde cualquier vagabundo hasta el rey soberano, se les obligará a tener un Anti-Sexus. El “testimonio” de Gandhi es un goce: “Mejor vaciar tu semen en un pedazo de metal, si no te propones transformarlo en un árbol de conocimiento, que hacerlo en el cuerpo indefenso de un ser humano, creado para la amistad, las ideas, y la santidad”.