El camaleón peripatético

Afganistán, mi querido Watson

Conan Doyle no inventó la batalla, que fue un absoluto desastre para los británicos durante la segunda guerra afgana; los sobrevivientes se recuperaron lo mejor que pudieron en un hospital atiborrado en Peshawar.

Pues otro más que no pudo —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo al extenderme el anuncio de que las tropas estadunidenses van a retirarse de Afganistán a fines de 2014. Le pido entonces que me ayude a buscar y rehacer un mosaico que armé hace unos años, y que unía historias al parecer inasociables. Lo he tomado de cinco fuentes distintas, que obviaré al lector, menos una: Arthur Conan Doyle, The Penguin Complete Sherlock Holmes (1981).

~Hacia el año 2009, los plantíos de amapola de Afganistán eran responsables de 90 por ciento de la heroína que se vendía en Europa, y que fondeaba más de 80 por ciento de la actividad talibana.

~Muchos siglos atrás, en la época de Alejandro Magno, Tajikistán y Afganistán eran en mucho como son ahora, sociedades tribales con fuertes lazos de parentesco. Un mundo de señores de la guerra. La diferencia principal entre la sociedad afgana en el siglo IV a.C. y la sociedad afgana de hoy es la ausencia en la antigüedad del comercio del opio. Fueron los británicos en los años 1840 quienes llevaron a los afganos a cultivar esta droga, que el imperio exportó luego a China.

~No es casual que el imperio británico extendiera el cultivo de amapola a Afganistán en esos años después de sus resultados en la India. En una de sus Letters of Travel Rudyard Kipling registró que, durante la temporada alta de opio (se subastaba en octubre, casi un año después de que las semillas se habían sembrado) tan sólo en los numerosos e
inmensos almacenes de la ciudad de Ghazipur había alrededor de 3’500,000 libras esterlinas de opio.

~Nada más en India, el ingreso anual por ventas de opio causaba vértigo. El opio aportó 750,000 (libras esterlinas) en 1840. Para 1878 aportaba 9’100,100. El ingreso total durante esos 38 años fue de 375’000,000.

~En los límites de Paquistán y Afganistán, Alejandro encontró una sólida resistencia. Estaba ya en lo que los británicos victorianos llamarían la temible Frontera Noroeste. Alejandro bajaba hacia el Punjab en el Valle del Indo. En el siglo XIX los británicos habían tenido una experiencia contradictoria al pelear en estas difíciles áreas. Lo mismo les pasó a los rusos en el siglo XX y a los estadunidenses en el siglo XXI. Y lo mismo le pasó a Alejandro. Afganistán sigue siendo hoy, como en la época de Alejandro, un cementerio para soldados.

~Cuando los presentan por primera vez (en “A Study in Scarlet”), Sherlock Holmes le observa al doctor Watson: “Noto que has estado en Afganistán”. Esa deducción sorprendente alerta al doctor sobre los extraordinarios métodos de observación y análisis que empleaba el detective, cuyas crónicas a partir de entonces serían la verdadera vocación de Watson.

~—Mi tren de razonamiento —dijo Holmes— corrió así: “Aquí está un caballero con tipo de médico, pero con aire de militar. Obviamente, un médico militar. Acaba de llegar de los trópicos, porque tiene la cara quemada por el sol, y no es el color natural de su piel, porque sus muñecas están blancas. Las ha pasado duras y ha estado enfermo, puede verse con claridad por su cara macilenta. Lo hirieron en el brazo izquierdo. Lo mantiene rígido y sin naturalidad. ¿En cuál de los trópicos podría un médico militar habérsela pasado tan mal y ser herido en el brazo? Obviamente en Afganistán”.

~En el texto de Conan Doyle, el servicio que se supone prestó Watson acabó en un asunto miserable y nada heroico cuando fue herido de gravedad en la batalla de Maywand en julio de 1880. Conan Doyle no inventó la batalla; fue un absoluto desastre para los británicos durante la segunda guerra afgana. Los verdaderos sobrevivientes, como el imaginario Watson, se recuperaron de heridas severas lo mejor que pudieron en un hospital atiborrado en Peshawar.

~Mientras tal ocurría, un extraño medallón antiguo donde se ve a Alejandro Magno atacando sobre un caballo a un elefante de guerra que retrocede, pasó también por Peshawar, abriéndose paso desde Afganistán a Inglaterra. El Watson de Conan Doyle estuvo a punto de morir, tan disminuido por la “fiebre entérica” que fue embarcado a casa en 1881. Buscando dónde vivir en Londres, Watson finalmente conoció a Holmes para instalarse ambos por vez primera en los famosos cuartos de Baker Street No. 221 B.

~Y al tiempo, en una aventura de la vida real, el extraño medallón con Alejandro Magno-y-elefante pronto encontró casa muy cerca de Baker Street. Claro, dónde más: en el British Museum.