El camaleón peripatético

Adelanto de calavera

De modo previsorio me ahorré ese trance por el que ahora sufres —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo—. Desde que tengo cabeza no he albergado en ella un solo pelo.

—Piedad, camaleón: adónde llegamos que hoy “el olor de las peluquerías me hace llorar a gritos” (Neruda) por el estricto motivo de que voy saliendo de ellas cada vez más calvo. Y el hecho aumenta porque una vez consumada su tarea el inclemente peluquero me pasa el juego de espejos por todos mis dominios craneanos para que dé el visto bueno, y me confronto entonces con la esférica realidad: de unos meses a la fecha se vienen derrumbando mis pilares capilares.

—Ni aguantas nada. Mejor dicho: ni ideas nada. Ahora podrás decir aquello del poeta catalán Salvat Papasseit: “No soy modesto. Estoy enamorado… de mi frente, tan alta, que está así por tantas cosas que piensa”. O bien recuerda sobre el asunto la taxonomía consoladora de Woody Allen en materia de varones y “azoteas” y llegada a la madurez. Tú no serás, no, por tus abundantes canas un “zorro plateado” sino, como en el autochiste de Allen, un “calvo rudo”. Ahora: no sé si en el ínterin tu visita adecuada no sería al peluquero sino al endocrinólogo; quién sabe qué batidillo hormonal no tendrás por ahí. Y en último caso: ya hay invencibles filtros mágicos contra la alopecia.

—Demasiado tarde, camaleón: no dilatan ni la Cofepris ni la en estos días hiperquinética Procuraduría del Consumidor en dejar calvos a esos productos.

—Pues el implante, entonces. Como aquellos peloncetes de barro a los que les crece el pasto.

—No, camaleón, ya dará lo mismo: si, cual Calvino soy, fuera Lutero…

—Qué mal juego de palabras.

—No es mío, camaleón. Y en su contexto resulta genial. Viene en, que yo sepa, uno de los dos sonetos de Quevedo dedicados a la calvicie. Se llama “Calvo que no quiere encabellarse”* y se lee:

Pelo fue aquí, en donde calavero;

calva no sólo limpia, sino hidalga;

háseme vuelto la cabeza nalga:

antes greguescos pide que sombrero.

Si, cual Calvino soy, fuera Lutero,

contra el fuego no hay cosa que me valga;

ni vejiga o melón que tanto salga

el mes de agosto puesta al resistero.

Quiérenme convertir a cabelleras

los que en Madrid se rascan pelo ajeno,

repelando las otras calaveras.

Guedeja réquiem siempre la condeno;

gasten caparazones sus molleras:

mi comezón resbale en calvatrueno.

—Debe haber varias calvas-calaveras clásicas; pero te ha llegado a la mente, mejor dicho al interior de la calva en ascenso, una moderna.

—Así es, camaleón. Viene en el libro del poeta cubano Roberto Fernández Retamar, Buena suerte viviendo (Era, México, 1967), y es quizá el poema más breve sobre el asunto. Se titula “Soliloquio del calvo”, y dice: “Qué adelantada llevo la calavera”.

—Y va, como último consuelo, una oportunidad impensada de que en un futuro muy próximo puedas compararte, qué digo compararte, ¡verte en el mismísimo espejo de Selene!

—No inventes, camaleón. No estoy para chistes.

—Cómo no, incluso para un autochiste. De modo original e inesperado para el gremio, hace siglos el poeta latino Ausonio distinguió a la luna como ha de referirse. Qué más quieres: muy pronto, y contra todos los pronósticos en cuestión de selénica belleza, serás como la luna. Pero la luna, ay, calva de Ausonio.

*Francisco de Quevedo: Poesía original completa. Edición, introducción y notas de José Manuel Blecua. Planeta, Barcelona, 1981. Greguescos: especie de calzones muy anchos, usados en los siglos XVI y XVII. Resistero: “A la luz”; calor causado por la reveberación del sol a la hora de más calor, y también el lugar donde hace más calor.