El camaleón peripatético

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“¿Cuál será mi último artículo? Pues será alguno banal, alguna piecesita de tocador, un juguete de porcelana o de terracota; el artículo en que condense mis ideales, en el que ponga el alma toda, es el artículo que jamás escribiré”

Pues suma y sigue —dice el camaleón peripatético en el cuarto donde escribo cuando le hago ver que con esta llegamos a 250 entregas—. ¿O qué? ¿Vamos a asestarles a los lectores algo sobre el paso vertiginoso del tiempo, o “lo que ha significado para nosotros” estar aquí cada semana?

—Por supuesto que no, camaleón. Pero sí marcar el número desde el título. Apunto que este artículo debió o pudo titularse: “Los hijos de silencio y las hijas predilectas”.

—Lo primero suena a grupo musical; lo segundo, a revista de familias.

—No. Se trata de dos autores y lo que podría llamarse “neurosis del artículo periodístico”.

—La temible fecha límite de entrega.

—No, de nuevo. La cosa va referida a la sensación de que los artículos de periódico le quitan tiempo y “valía” a las otras piezas “serias”, menos de botepronto, de tranco más largo o elaborado, o bien: La Obra. Supongo que muchos autores la han padecido; no lo he encontrado más claro que en los dos que mencionaremos.

—Pues veo que uno de ellos incluso escribió un poema al respecto.

—Miguel de Unamuno se ocupa ahí, de paso, de lo que alguna vez llamé “el elogio equívoco”: cuando un autor siente que los lectores lo elogian por lo secundario o perentorio, por los “aserrines” y no por los muebles; no por lo que considera digno de elogio. El poema empieza: “Pobre Miguel, tus hijos de silencio,/ aquellos en que diste tus entrañas,/ van en silencio y solos/ pasando por delante de las casas,/ mas sin entrar en ellas/ pues los miran pasar como si fuesen/ mendigos que molestan, no los llaman;/ y aquellos adoptivos, de bullanga,/ sin padre conocido,/ aquellos que arrancados a la masa/ les prestaste tu nombre,/ éstos son con aplauso y algazara/ recibidos; son éstos/ los que tu nombre llevan, traen y exaltan./ ¡Cómo ha de ser!... Son suyos,/ de los que así los miman, de su raza./ En ellos reconocen algo propio,/ los engendraron ellos mismos. Nada/ debe, pues, extrañarte, los festejen;/ son sus padres. Aguarda/ para tus propios hijos mejor tiempo,/ déjalos al mañana”. Contrapone sus “hijos de silencio” a los otros, diríamos sus hijos expósitos, su letra expuesta. El poema termina con un amigo que viene a darle también “el elogio equívoco” por un artículo periodístico, un amigo a quien se debe dar las gracias y sonreír: “¡Hay que aceptar la vida a lo que caiga!”.

—Lo asocias con esto. Muchos años antes el poeta mexicano Manuel Gutiérrez Nájera escribió un artículo titulado “Mi último artículo”. Lo que Unamuno llamaba “hijos de silencio”, Gutiérrez Nájera llamó “hijas predilectas”.

—Así es, camaleón. Con la diferencia de que “las hijas predilectas” son las hijas “no escritas”. Gutiérrez Nájera menciona primero a “aquellas hijas de nuestro capricho o de nuestra reflexión, que antes nos parecieron pálidas o enfermas, y a las que por eso guardamos, con rubor, en los cajones secretos del bufete, hasta a esas pobres desdeñadas, les decimos: —¡Salid a la luz! Vuestros vestidos son muy pobres; pero no hay tiempo ya para buscaros otros… ¡En el lecho de la agonía os legitimamos!”. En cambio, “las hijas predilectas de nuestra inteligencia son las que nadie conoce. Se parecen a las muchachas hacendosas que no concurren a los bailes, que no van a teatros, que no tienen novios, pero que siempre son las preferidas en la casa. Suelen venir muy tímidas a nuestro gabinete de trabajo, y decirnos a media voz: —¿Qué… No salimos? —Pero de tal manera las amamos que, a verlas en la calle, de trapillo, preferimos tenerlas encerradas. Por eso contesta el padre a esas desconocidas creaturas: —¡Aguardad!... Cuando sea rico, cuando haya estudiado mucho, cuando pueda daros la clámide o el vestido de damasco o las frementes alas del águila, entonces os entregaré a la admiración”. El texto concluye: “El artista no llora lo que deja en el mundo, sino lo que se lleva. La frase más sentida, la más sublime, es la que se calla. ¿Cuál será mi último artículo?— preguntaba yo al empezar este. Pues será algún artículo banal, alguna piecesita de tocador, un juguete de porcelana o de terracota. El artículo en que condense mis ideales, el artículo en que ponga el alma toda, es el artículo que jamás escribiré”. Gutiérrez Nájera se sorprendería: los lectores de hoy quizá le agradezcamos que no haya escrito ése su último, ni los otros artículos, con “ideales” o ropa damasquina. Sus hijas de “vestidos muy pobres” siguen siendo encantadoras. (Para Rafael Pérez Gay, quien además es un gran najerólogo.)