Opinión

El olvido que alteró la historia de una nación

Después de casi tres décadas del enorme engaño maquinado y perpetrado por el entonces secretario de Gobernación y también presidente de la Comisión Federal Electoral, Manuel Bartlett Díaz, se quiere deslindar ahora, ya purificado y exonerado, por el Peje Mesías.

Por su parte, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas reflexionó: “Sí, estoy seguro, estoy convencido de que hubo un enorme fraude electoral. Que había un sistema doble de cómputo en aquel momento, cuando se cae el sistema. Le toca a quienes conozcan de estas cuestiones… como digo, aclararlo para la historia, sería muy importante”.

El olvido es el recurso más indignante de los otroras fuertes y poderosos, es el recurso de las personas que usan la medianía y la necedad como instrumento para vivir con el consuelo de haber engañado a una nación de un acto vergonzoso, que ni treinta años después al tratar de congraciarse con su purificador se olvida. De ningún modo ante los ojo de la sociedad lo engrandece; al contrario, es despreciado por esa generación de mexicanos.

Sólo los desfachatados se cuelgan del brazo de las instituciones como en su momento lo fueron la Secretaría de Gobernación y, por ende, la Presidencia de la Comisión Federal Electoral, entorpeciendo el paso de miles de mexicanos por el sendero sinuoso de la democracia que tuvimos que recorrer cuando le entrega el triunfo a Carlos Salinas de Gortari, alterando la historia de este país.

Ahora, en vano, oímos opiniones, como que no me acuerdo y no sabía si Salinas había ganado o no, la elección presidencial de 1988.

Considero que Manuel Bartlett es el político más vacío y de corazón más seco; es la persona que entierra el pasado y hojea con desprecio las febriles obras de su pasado y las califican como intrascendentes peccata minuta o caídas de sistema.

¿Dónde están -pregunto- los documentos de la época? Principalmente, aquel documento de 16 hojas que como presidente de la Comisión Federal Electoral, acreditó la legalidad del proceso y asumió la responsabilidad en él.

Él, y sólo él, atrasó el rumbo y el sendero de la democracia de México, al avalar con su firma el triunfo que hoy no sabe ni se acuerda de Carlos Salinas de Gortari.

¿Cómo se sentirá cuando en entrevista con la periodista del grupo Milenio, Azucena Uresti, todo mundo se quedó con la boca abierta al salpicarnos el rostro con la baba de su ingenuidad, se mueve y habla y da un aspecto de mentiroso, su gesto y su voz lo delatan, y los televidentes no sabemos si realmente es un ladino o un ingenuo?

Estamos en la época en la que la comunicación vía internet nos trasporta en cuerpo y en alma a lo infinito y desconocido, llevándonos a la gestación de una nueva verdad de la inteligencia humana y hay, sin embargo, hombre necios y nulos que niegan lo presente y se pudren en el pequeño y nauseabundo charco de su trivialidad.

Podemos obtener algo de los locos. Los locos piensan y tienen alguna idea, cuya dramatizada atención ha roto la espiral de su inteligencia. Más, por piedad, que desaparezcan a los necios y a los corruptos, a los políticos incapaces y aquellos que abusan de su ceguedad para decir que es de noche siendo que es de día. El insolente reinado de los incompetentes ha causado ya a nuestro México daños irreparables, como el ocasionado por el olvidadizo Manuel Bartlett Díaz.