Opinión

Prostitución o trata de personas

Es indudable que la mayoría de los mexicanos y de las mexicanas creen que la prostitución, la trata, homosexualidad, y la publicación de cualquier contenido sexual o pornográfico o relacionado con la apología de estos temas, son inmorales.

Es claramente significativo este hecho toda vez que a la opinión pública se le presenta, como si fuera una distracción más, unos de estas realidades sociales, enseguida se inaugura una cruzada contra la inmoralidad, contra los hoteles de paso, deteniendo a diestra y siniestra a los encargados acusándolos de trata, los “table dance”, salas de masaje, los casinos, etc. ¿Y cuáles son los resultados de semejantes campañas aparentemente moralizadoras? El juego aumenta cada vez más, las salas funcionan clandestinamente a la luz del día, la prostitución se encuentra siempre al mismo nivel y el sistema de vida de los proxenetas y sus similares se vuelve un poco más inestable, y se convierte en una cuestión enmarañada llena de consecuencias que se vinculan con controversias de tipo legal y sociológica.

Hay que recordar la diferencia que existe entre trabajo sexual y trata de personas, el trabajo sexual consiste en que una persona adulta entra por su propia voluntad a la prostitución y que defiende sus derechos humanos y laborales; las personas objeto de trata son, generalmente, menores de edad; aunque a veces hay adultos que las enamoran, las venden, las engañan con promesas de empleo y al final las llevan a una esquina. Esas dos cosas son totalmente diferentes.

Un gran porcentaje de hombres casados frecuentan las casas de placer manteniendo financieramente a flote este negocio, la profesión más antigua del mundo como popularmente se le conoce, es así como un porcentaje similar de mujeres casadas, dejadas, madres solteras, etc. etc. se dedican a la prostitución, con la única finalidad de tener dinero y sacar adelante a la familia. En rigor, la prostitución no representa tampoco en estos tiempos un mal necesario, si no hay que verla como un oficio más, con sus normas y preceptos a los que se deberá de ajustar.

Únicamente una opinión pública inteligentemente educada, que deje de poner en práctica el prejuicio legal y moral hacia la prostitución, ha de coadyuvar al mejoramiento del presente estado de cosas. Cerrar los ojos por un falso pudor y fingir ignorancia ante este problema y no reconocerlo como un factor social de la vida moderna, no hará más que agravarlo.

Debemos desterrar el maltrato a la profesión de estas mujeres, comprendiendo que la prostitución es el producto de las duras condiciones socioeconómicas y sociales de este país, estableciendo una más amplia comprensión, haciéndonos tolerantes y así estar en aptitud de otorgarles un trato más humanitario, casi fraterno a estas trabajadoras sexuales.

 

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