Se descubrió que...

Las raíces del altruismo están en la crianza

Desde 1859, con El origen de las especies por medio de la selección natural, de Darwin, la biología tiene un problema: explicar el altruismo, o capacidad de “procurar el bien ajeno aun a costa del propio” (DRAE). Las mutaciones al azar de los genes ofrecen la materia prima sobre la que ejerce su selección la naturaleza. Pueden deberse a error de copiado: pensemos que todas nuestras células llevan en su núcleo el ADN que nos hace tener dos ojos al frente a los humanos, o a cada lado las aves; cuatro miembros o aletas; la forma, color y aroma que hacen de la rosa una rosa y del abeto un abeto.

A velocidad de más de un millón por minuto, de 50 a 100 billones (millones de millones) de células en nuestro cuerpo se renueva al dividirse en dos (mitosis). Tenemos cuerpo nuevo cada 10 años, lo cual se aproxima mucho a los 7 años que sugiere Thomas Mann en La montaña mágica (1924). Se desenrollan los genes enmadejados en cromosomas y queda algo semejante a una escalera de albañil donde los escalones, o nucleótidos, vienen en pares: adenina y timina, guanina y citosina, A,T,G, C. Las cuatro letras con que se escriben las instrucciones de los seres vivos.

El siguiente paso (y ocurren millones cada segundo) es que los pares se abran, cada base atraiga a otro par y se formen dos cadenas. De ahí tendremos la subdivisión celular en dos células hijas. Considerando que nada más nuestro más largo cromosoma tiene unos 220 millones de bases, hay 220 millones de posibles errores al copiar el cromosoma original. Cada error es una mutación.

Otra es que los astrólogos tienen cierta razón: el cielo nos influye. Pero no la posición de Marte o de Saturno, sino la estrella supernova que estalló hace 100 millones de años y cuyos restos nos atraviesan sin sentir a velocidades cercanas a la de la luz. Los núcleos de sus átomos destruidos,  los rayos cósmicos, son con frecuencia protones de alta velocidad. Así que el núcleo de un átomo destruido en una estrella que explotó cuando había dinosaurios y los mamíferos éramos unos ratoncillos asustados, golpea el ADN y arranca, digamos, una citosina. Tenemos una mutación por efecto extraterrestre. Persistirá la que, en ese momento y lugar, ayude a conservar la vida.

El altruismo debe favorecer la sobrevivencia, si no del individuo, como el mono que avisa a gritos la presencia de un gavilán y así se expone porque atrae su atención, sí de la especie en conjunto.

En humanos vemos ejemplos de altruismo puro: quien, nadador mediocre, se lanza a las olas para salvar un desconocido que se ahoga; el bombero que vuelve a la casa en llamas porque oye el llanto de un bebé. Entre 1936 y 1939 las Brigadas Internaciones, voluntarios de muchas naciones, pelearon por la República en España contra el golpe militar de Franco.

Investigadores de Suiza, Alemania, Austria y Gran Bretaña, encabezados por la antropóloga Judith Burkart, de la Universidad de Zúrich, examinaron casos de conducta cooperativa espontánea en primates. Descubrieron diferencias de una especie a otra, pero un patrón claro: la familia primate de los Callitrichidae, pequeños monos de América Latina, como el tití, muestran más conducta altruista ante amenazas de otros grupos que nuestros muy cercanos parientes, los chimpancés.

Emplearon un sencillo diseño: una palanca permite a los demás alcanzar comida, pero no al que la mueve. El altruismo, descubre el grupo, sólo se encuentra en especies en que los jóvenes no están sólo al cuidado de la madre, sino de otros miembros del grupo, padres, parientes, abuelos, tíos. Se conoce como “crianza cooperativa” o “alomaternal”.

Sugiere Burkart: “Cuando nuestros ancestros homínidos (hace más de 200 mil años) comenzaron a criar su prole de forma cooperativa, echaron los cimientos tanto del altruismo como de nuestra excepcional capacidad cognitiva”. Los nuevos datos, publicados en Nature Communications, afirman que no son los cerebros mayores, las habilidades cognitivas, ni los lazos de parejas lo que explica el altruismo espontáneo, sino la mencionada crianza colectiva.

 

Novedad: No hubo barco para mí, Cal y Arena (Ensayo Personal).

 

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