Se descubrió que...

El paidófilo, el sodomita y el zoofílico

Estamos ante una reapertura de las pulsiones religiosas que Occidente había domado con el pensamiento de la Ilustración y la Declaración Universal de los Derechos Humanos, herencia de la Revolución Francesa. Asombra al lector actual leer La cartuja de Parma, la gran novela de Stendhal, y así enterarse de que no era sencillo llevar a proceso a un noble hace apenas 200 años: había crimen y testigos, pero la ley no se aplicaba sino a la plebe. La reproducción de musulmanes dentro de países europeos, Estados Unidos, Canadá y Australia supera 1 a 8 la de los infieles. Y han comenzado a aplicar sus leyes dentro de las democracias que habitan.

Una blasfemia contra el profeta produjo conmoción en Dinamarca y los religiosos obtuvieron una disculpa oficial porque un diario, de propiedad privada, publicara dibujos de Mahoma con una bomba en el turbante. En toda Europa se exige respeto para creencias ridículas, como las que niegan educación a las mujeres o que muestren el cabello (los más tolerantes) y ni un centímetro de piel los más intolerantes que exigen hasta velo translúcido sobre los ojos y guantes en las manos.

Es sombrío porque nos hemos acostumbrado, desde la Ilustración, a blasfemar contra Cristo y todos los textos sagrados. Es pecado hacerlo, pero no es delito. En secundarias jesuitas los muchachos contábamos cómo el buen San José, viendo revolotear una paloma cerca de su carpintería, había salido a darle escobazos al grito de: ¡Zape, zape, pinche paloma! ¡No volverás a hacerme tu chistecito! Y ni siquiera nos expulsaban. Cristo, en la cruz, mira el escote de la Magdalena abrazada a sus pies y el trapito se le comienza a levantar. Un soldado romano se apresura con clavo y martillo: Conque desclavándose, eh.

Hemos aprendido a no imponer nuestras reglas sobre los demás: en nada afecta al matrimonio entre hombre y mujer la pareja homosexual que decide formalizar su relación para darse seguridad mutua, cuidados en la enfermedad, herencia de los bienes del fallecido. Y vamos a comenzar de cero: si dos adultos pueden, en privado y con acuerdo mutuo, tener relaciones sexuales ya sean homosexuales o heterosexuales no casados.

Pues aquí van tres blasfemias:

El futuro rey David, quien haría de Jerusalén la capital de su reino, Israel, estuvo perdidamente enamorado de un joven principito, el adolescente hijo del rey Saúl, Jonatán. Lo dice el propio David en uno de los momentos más tiernos de la Biblia, en su Endecha, o canto funeral: “...hermano mío, Jonatán, que me fuiste muy dulce, más maravilloso me fue tu amor que el amor de las mujeres”. 2 Samuel, 1, 26.

El fuerte romance entre Jesús de Nazaret y el apóstol más jovencito, Juan (luego evangelista y moto que vio visiones como dibujos de Jis en la isla griega de Patmos). Juan siempre habla de sí mismo en tercera persona: “Y uno de sus discípulos, al cual Jesús amaba, estaba recostado al lado de Jesús... recostado cerca del pecho de Jesús.” Juan, 23 y 25. Por menos de eso lo echaban a uno de Sanborn’s. Parece que ya no, pero hay miradas indignadas si uno se le recuesta en el pecho a su amigo: ya la desaprobación se queda en fuero interno.

Y Mahoma. Bueno, al fin beduino Mahoma cogía con camellos. Aprovecho para decirlo antes de que la yijad islámica instale el sultanato mundial predicho por el Corán para el Fin del Mundo y nos degüellen a los impíos, como hacía, hasta antes de la Ilustración y la Revolución Francesa, la Santa Inquisición, creada para esplendor de la fe por Nuestra Santa Madre Iglesia, la cristiana de Roma. En México no vimos el final de los preceptos religiosos aplicados por la policía hasta la Reforma de los liberales encabezados por Benito Juárez, que nos costó otra guerra civil, la Guerra de Reforma en 1857... apenas a diez años de que Engels había felicitado a los industriosos Estados Unidos por la conquista del norte mexicano.

Todo mexicano crece rumiando que los gringos nos quitaron el Golden Gate, pero pocos saben que, 23 años antes, perdimos toda Centroamérica. Será que a nadie le importa Managua.

Novedad: No hubo barco para mí, Cal y Arena (Ensayo Personal).

 

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