Se descubrió que...

Hay moralidad sin Dios

—(...)¡Iván! ¡Por última vez y decididamente!, ¿hay Dios o no lo hay?... ¡Por última vez te lo pregunto!

—Y por última vez te contesto que no lo hay.

La certeza de Iván Karamásov domina entre la duda de su padre y la certeza teísta del joven Alíosha, el menor de los hermanos. Pero luego Iván da un giro:

—Civilización no habría en absoluto si no hubiera [alguien] inventado a Dios.

Padre e hijos toman unas copas de coñac, así que Iván concluye: “Ni coñac tampoco habría...”

Iván Karamásov tiene la certeza, muy religiosa finalmente, de que sin temor de Dios los hombres nos haríamos pedazos. Y lo hemos hecho: las dos guerras mundiales, los 200 mil irakíes y sirios asesinados por la yihad. Pero también es verdad que minuto a minuto las mayorías no matamos ni robamos y, en los aspectos mínimos, también respetamos la luz roja y en ciudades limpias sus habitantes son limpios, no arrojan al suelo la bolsa de papitas vacía.

Entre los libros que cada semana comenta Science, viene en el número del pasado viernes Morality for Humans. Ethical Understanding from the Perspective of Cognitive Science, Mark Johnson, University of Chicago Press, 2014. Johnson “introduce un concepto que llama ‘naturalismo moral’. La conducta moral no es expresión de un plano superior, sea religioso o laico, “son los hábitos cotidianos, prácticas, instituciones y la regulación de los organismos vivos”.

La versión que nos damos de los hechos, la lógica con sus enormes variantes individuales, la empatía que nos nace de vivencias anteriores o, por el contrario, el rechazo que sentimos de inicio, explican nuestras conductas y “no un módulo moral en el cerebro humano”. Los animales no humanos también responden ante, por ejemplo, desiguales repartos de alimentos y hasta por desiguales repartos de caricias a un perro preferido. Tenemos un sentido de la justicia, pero siempre estructurado en procesos cognitivos de los que Johnson excluye la deliberación racional.

Muchos que no hemos matado ni robado podemos seguir a ¿Santa Teresa?, en dos primeros y famosos versos: “No me mueve mi Dios para quererte/ el cielo que me tienes prometido,/ ni me mueve el infierno tan temido...” Aunque tampoco nos mueva ver a un hombre “en la cruz y escarnecido”. Digo, nos mueve como toda injusticia, pero Dios nunca viene en estado puro y sin envoltura: siempre nos lo ofrece, entre prohibiciones y obligaciones, gente que de eso vive. Y saca, no pocas veces, lo peor de nosotros en el nombre de Dios: las Cruzadas emprendidas por los cristianos; la yihad islámica que lleva ya 200 mil civiles asesinados, entre ellos miles de niños, en pocas semanas; los misiles contra escuelas de Israel (a propósito contra escuelas que no son bases militares ni depósitos de armas).

Por eso, contra la opinión de Iván Karamásov: “La gente buena hace cosas buenas, la gente mala hace cosas malas; para que la gente buena haga cosas malas es indispensable la religión”, sostiene Steven Weinberg, uno de los físicos que ha consolidado el Modelo Estándar de la cuántica, Nobel de 1979. Es autor de un bello libro: Los tres primeros minutos del universo, hace tiempo superado por reportes más breves y de mucho más difícil lectura acerca del primer millonésimo de millonésimo de segundo.

Pero la dicotomía necesaria para dar razón a Weinberg parece no existir. Los estudios de Stanley Milgram sobre obediencia a la autoridad, publicados en 1963, demuestran que todos somos capaces de actos de una maldad espantable. Por esas fechas la humanidad seguía en shock por la participación de simples soldados y burócratas en genocidios como el Holocausto en la Alemania nazi, el Gulag estalinista. Y le faltaban a Milgram los millones muertos por la hambruna debida a la aplicación de los preceptos de Mao, el genocidio de Pol Pot en Camboya contra su propio pueblo: unos dos millones de muertos en una población de apenas 7 millones y medio: un muerto de cada cinco camboyanos. La inspiración fue la Revolución Cultural lanzada por Mao en China: El corazón de las tinieblas: “El horror, el horror...”

 

Novedad: No hubo barco para mí, Cal y Arena (Ensayo Personal).

 

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