Se descubrió que...

Razón y sinrazón en el crimen

La “guerra sucia” fue la persecución de grupos guerrilleros por métodos extra jurídicos y con asesinato de aprehendidos. Con toda su carga ilegal, tuvo un motivo: acabar con los grupos armados usando todos los métodos: desde la detención y entrega a un juez cuando había testigos y notas de prensa, hasta el asesinato de los detenidos en acción o durante sesiones de tortura para lograr nuevas detenciones. Esto es: la represión tiene objetivo, se tortura para algo y se desaparece para escarmiento final.

Los disparos sobre un mitin pacífico, el 2 de octubre de 1968, tuvieron dos finalidades: atemorizar a los presentes y así evitar otra manifestación en los días próximos a los Juegos Olímpicos y aprehender a la dirigencia necesaria para nuevas movilizaciones. Ambas finalidades se cumplieron.

¿Por qué no nos mataron a los dirigentes detenidos y sencillamente nos “desaparecieron” en el Campo Militar Número Uno? Porque no nos tenían rabia y porque habíamos sido detenidos ante decenas de periodistas, nacionales y extranjeros, presentes en el mitin de Tlatelolco.

¿Por qué matar a los guerrilleros detenidos entre 1970 y 80? No a todos: a quien descubrían disparando le aplicaban venganza. El torturado podía salvar la vida o morir en la tortura: era asunto del azar, su resistencia física, la habilidad de los torturadores para retrasar la muerte.

Hay una razón monstruosa, pero razón, motivo, causa para muertes o desapariciones.

Si en Tlatlaya el Ejército ejecutó a narcotraficantes que ya se habían rendido estamos ante un caso de rencor y solución: éstos no volverán a estar libres por un proceso mal integrado y no deberé volver a exponerme a sus balas. Es ilegal, es un crimen. Pero tiene explicación.

Lo que no tiene explicación es el asesinato, en Ottawa, Canadá, de un guardia ante la Tumba al Soldado Desconocido, capitán Nathan Cirillo, por Zehaf-Bibeau, un converso al islam que hirió a otro guardia y entró al Parlamento disparando un 30-30. Fue abatido. “Es un tipo de atacante pocas veces analizado: una persona tan obsesionada con una idea sobrevalorada que eso define su identidad y la conduce a cometer actos de violencia sin importar consecuencias”.

Son lobos asesinos solitarios, como los define Matthew Logan, autor del artículo “Lone Wolf Killers: A Perspective on Overvalued Ideas”, publicado por el journal Violence and Gender, que se define como “el único journal revisado por pares enfocado a entender, predecir y prevenir actos de violencia”.

Es un fenómeno emergente y en crecimiento en el mundo. Logan estudia la mentalidad del varón joven que delinque en solitario o como parte de un grupo cuyas “sobrevaluadas ideas” se combinan con sus propias psicopatologías para inducirlos a realizar atentados terroristas a nombre de tales ideas. No son delirios. Quedan “a la mitad del continuo entre las dudas obsesivas y la certeza delirante”.

El asesinato de un militar canadiense en pacífica guardia ante un monumento, y sin relación con el islam, se destaca de la masacre de París cometida por tres islamistas contra Charlie Hebdo porque en este caso, que estremeció al mundo, los motivos fueron explícitos: vengar con la muerte las sátiras contra Mahoma. Para eso los atacantes tuvieron formación terrorista impartida por Al Qaeda, grupo que ya reivindicó el atentado. Debieron, además, descartar el hecho de que Charlie Hebdo lo mismo hacía sátira de otras religiones que del poder civil. Es un terrorismo cuyos planes pueden ser detectados a tiempo por servicios de inteligencia.

Pero el chacal solitario, iluminado por su fe y dispuesto a dar la vida por ella, es imparable. Y la tecnología pone a su disposición cada día nuevos dispositivos para sembrar el terror.

 “Las ideas sobrevaluadas no constituyen enfermedad mental”, aclara Logan, pero no es eso una ventaja, por el contrario “esta violencia salvaje y sin sentido parece todavía más escalofriante y despreciable”.

Y sin control por previsiones de los sistemas de inteligencia. No El día del chacal, atentado contra De Gaulle, sino la muerte de Colosio.

Cuentos: El vino de los bravos (y unos tequilas), Planeta.

 

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