Se descubrió que...

Plutón y sus hermanos

El paso de la sonda New Horizons de la NASA sobre Plutón y su satélite Caronte es el remate de una milenaria historia que comienza con Aristarco de Samos (circa 310 a. C.) quien completó el sistema heliocéntrico: los cinco planetas visibles a simple vista, y la Tierra, giran en torno al Sol. Su nombre les viene de planitis=vagabundo porque parecen vagar sin mucho orden, ir en un sentido, detenerse, retroceder, acelerar... Pero ese vagabundeo no sale de una franja por la que pasa el Sol entre las estrellas fijas: el Zodíaco. Las constelaciones salen y se meten, cambian con el año, pero no cambia la posición de sus estrellas.

Ya Heraclides del Ponto, muerto en el mismo 310 a. C., había planteado una evidencia: Venus y Mercurio giran en torno al Sol pues los vemos pasar por enfrente (tránsitos de Venus y de Mercurio), luego se ocultan detrás: son satélites del Sol.

Pitágoras había dicho que la tierra era esférica. A mediados del siglo III a. C. lo probaría y mediría Eratóstenes, a cargo de la biblioteca de Alejandría, con la sombra de un palo clavado en tierra y la geometría de Euclides, en particular el teorema de la igualdad entre ángulos alternos.

Filolao (ca. 470 a. C.) planteó que los movimientos celestes eran una ilusión causada por el giro de la Tierra. Heraclides dijo que ese giro lo efectuaba la Tierra sobre su propio eje.

Así que Aristarco remató: si la Tierra gira, además, en torno al Sol, vemos los planetas sobre un fondo cambiante, sus movimientos y el de nuestro planeta explican los avances, detenciones y retrocesos aparentes.

Si ya lo sabíamos 300 años antes de Cristo, ¿cómo lo olvidamos? El emperador romano Constantino hizo del cristianismo la religión oficial del imperio. Y el cristianismo no era entonces sino una secta judía que por eso rechazaba toda representación de humanos o animales para evitar la idolatría y las explicaciones naturales de la naturaleza. El emperador Teodosio prohibió los Juegos Olímpicos en el año 393 d. C. porque eran paganos: en honor a Zeus y exaltación del cuerpo humano, base del humanismo heleno. Los cristianos destruyeron el templo de Zeus en Olimpia, una de las siete maravillas del mundo. Hacia el 370, en Alejandría, nació Hypatia, filósofa, astrónoma y matemática, además de bella. En marzo del 415, una multitud, azuzada por el obispo Cirilo, la asesinó con un bárbaro martirio: le arrancaron, en vida, la carne hasta los huesos. Cayó un telón de mil años.

La lectura de los clásicos griegos y latinos produjo el despertar que llamamos Renacimiento. Aristarco y su heliocentrismo se discutía sin prohibición entre cardenales cultos. Por entonces llegó a Italia el canónigo Copérnico y no entendió nada. Marrullero, lo llama Koestler en Los Sonámbulos, mentiroso al indicar el lugar de sus observaciones; avaro porque sus mediciones las hizo con tres palos y nunca se compró una esfera armilar y otros instrumentos de su época. Su libro De revolutionibus orbium coelestium es ilegible y no dice lo que aprendemos en la escuela que dice, y vemos en el mural de O’Gorman en la biblioteca de la UNAM. Como el Renacimiento le pasó sin tocarlo, Copérnico trató de meter a Aristarco en el sistema de Ptolomeo con la Tierra es el centro del universo. La verdad, dudé. Pero tengo De revolutionibus en inglés. Es un galimatías.

El nuevo heliocentrismo lo debemos a Galileo y a Kepler, los gigantes sobre cuyos hombros Newton nos dio las leyes de la gravitación que permitieron predecir, por las irregularidades en la órbita de uno, la existencia de otro. Así desajustes en la órbita de Neptuno llevaron a Percival Lowell a predecir otro planeta, al que llamó X.

En 1930 lo descubrió Clyde Tombaugh. Su órbita no está en el plano de los demás, no se podría colocar en un modelo sobre una mesa, cruza la órbita de Neptuno y durante 20 años está más cerca del Sol que éste. Además, su diámetro sólo tiene 2,368 km, poco más según New Horizons. Pero es bastante menor que nuestra Luna, con 3,474 km. Las fotografías muestran que tiene actividad geológica, montañas altas y hielo de agua.

Cuentos: El vino de los bravos (y unos tequilas), Planeta.

 

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