Se descubrió que...

Es Parménides, no Heráclito

Para Héctor Aguilar Camín

El mejor referente a la física cuántica es Parménides con su negación del movimiento. Presentado siempre como opuesto a Heráclito y su perpetuo devenir sintetizado en “Nadie se baña dos veces en el mismo río”, en Parménides encontramos resonancias del futuro, 25 siglos después: Roger Penrose, Stephen Hawking y el universo donde el tiempo y su decurso es una ilusión.

No conozco de forma directa a ninguno de los grandes pre-socráticos, de los que, por lo demás, quedan restos y citas de citas para expertos muy expertos. Mi entusiasmo lo despertó Arthur Koestler con Los Sonámbulos, una belleza cuya descripción es igual a re-escribirlo. Produjo el capítulo final de mi historia de la cuántica, ahora en Cal y Arena como Maravillas y misterios de la física cuántica: “El amanecer egeo”: la aventura humana iniciada en Jonia, y sólo en Jonia, hoy la costa turca del mar Egeo, que nos impuso el afán prometeico de explicar la Naturaleza por regularidades también naturales. Koestler la llama, con belleza insuperable: la fiebre jónica: podemos explicar el universo estudiando su orden interno. Carl Sagan es otro entusiasta de los jonios y su hallazgo: la ciencia.

Parménides no es jonio, nació en Elea, sur de Italia llamado Magna Grecia. Su más famoso discípulo fue Zenón de Elea, a quien debemos la paradoja de Aquiles y la tortuga en la que una pequeña ventaja del veloz a la lenta da sin remedio el triunfo a la tortuga: luego, el movimiento no existe, es ilusorio. Op. cit. p. 242.

Parménides compuso un extenso poema, La Naturaleza (no, no es De rerum Natura) del que sólo quedan fragmentos. Sostiene que el Ser es eterno, inmóvil y sin cambio, perfecto como una esfera indestructible y sus mutaciones son mera ilusión de los sentidos. Hay un eco en Platón y su famosa analogía de la caverna donde los humanos apenas percibimos las sombras de las Formas perfectas e inmutables, y en la expresión de Sagan: Si hemos de terminar por explicar el universo como obra de un ser increado y eterno, digamos que es el universo... y nos ahorramos un paso. El paso “Dios”.

Contra el eterno devenir de Heráclito, Roger Penrose, físico y matemático inglés “aventura una hipótesis con respecto al tiempo. Hace notar que en las descripciones físicas el tiempo no fluye en absoluto. Sólo tenemos un espacio-tiempo en el que se disponen los sucesos. No obstante, a nosotros nos parece que el tiempo fluye”, ídem.

Bajo esta luz, un descubrimiento matemático es un contacto con el mundo platónico de los conceptos matemáticos. Éstos están allí, como el Everest. Cuando un niño abstrae de diversas cantidades de objetos, la noción de número natural, cuando “cinco” puede ir sin sustantivo (pelotas, canicas...) ha realizado una tarea que no consigue ninguna supercomputadora, ídem, p. 219.

La primera negación del fluir del tiempo, en ciencia actual, ocurrió en 1905: Einstein plantea que la velocidad de la luz es la velocidad límite en nuestro universo porque a esa velocidad el tiempo cesa de fluir... Eso dice la relatividad. Peor aún: su principio de equivalencia estipula que el movimiento acelerado y la gravitación son indistinguibles. El río de Heráclito es más lento conforme sea más fuerte el campo gravitatorio... Hasta que cesa de fluir, inmóvil, parmeneico.

Louis de Broglie, otro padre fundador de la cuántica, dice: “En el espacio-tiempo, todo lo que para nosotros es pasado, presente y futuro, está dado en bloque, y la colección de eventos, sucesiva para nosotros, es una línea”, ídem, p. 65.

A partir de la relatividad es falso que sólo existe presente porque el pasado ya no es, el futuro todavía no es: para un observador O lo que aún no ocurre ya es pasado para Q, en otro marco inercial. Dice Penrose que este descubrimiento de Einstein no es una pieza de la física, sino la naturaleza misma del espacio-tiempo, p. 66.

La lucha de contrarios, propuesta por Heráclito, lleva a una síntesis que los une como en la esfera, sin principio ni fin: el Ser perfecto, la esfera, el Uno de Parménides, la Singularidad del Big Bang.

Último: No hubo barco para mí, Cal y Arena (Ensayo Personal).

 

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