Se descubrió que...

Lazcano entra al Colegio Nacional

El doctor Antonio Lazcano, el experto en origen de la vida y divulgador de ese fascinante misterio, acaba de ingresar al Colegio Nacional. Su conferencia, llena de datos y reflexiones, no cabe en esta columna. Ofrezco la parte final y más dirigida al tema y su tratamiento en México.

Aunque Charles Darwin se quedó con las ganas de visitar México, sus ideas no tardaron en ser conocidas y discutidas en nuestro país luego de la Guerra de Reforma, cuando el triunfo liberal aceleró el avance hacia una sociedad laica en donde los argumentos religiosos pesaban cada vez menos. Como afirmó Roberto Moreno de los Arcos, los trabajos de divulgación y de investigación que circularon a partir de 1870 permiten afirmar que “México no estuvo de ninguna manera al margen de la revolución científica operada por Darwin y sus seguidores”. Gracias a la labor de don Alfonso L. Herrera, un mexicano ilustre empeñado en hacer de la ciencia parte del patrimonio cultural de la nación, la enseñanza de la biología surgió en México bajo la sombra secular de la teoría de la evolución (...)

Siguiendo el ejemplo de Lamarck, al que también admiraba profundamente, Herrera concluyó que la biología era una disciplina con carácter propio que trascendía lo que hasta entonces se conocía como historia natural. En 1897 publicó su Recueil des lois de la biologie générale, que Moreno de los Arcos ha llamado con justicia el primer texto darwinista escrito en nuestro país. Fiel a su vocación docente, unos años más tarde don Alfonso publicó sus Nociones de biología, un libro destinado a profesores normalistas que descansaba —como él mismo afirmó— en la idea de que “todos los seres animados se han desarrollado gradualmente a partir de un ser monocelular, por medio de variaciones lentas y de la selección de las más ventajosas de éstas en la lucha por la existencia”.

Con tesón admirable, Herrera dedicó su vida al estudio de ese ancestro hipotético. Impartió conferencias, escribió libros, fundó museos y creó sociedades científicas. Al igual que Stéphane Leduc, Jerôme Alexander y otros colegas extranjeros, buscó en las propiedades de geles y coloides el origen del protoplasma. Los llamados jardines químicos que se siguen vendiendo como adornos de mesa en algunas tiendas departamentales son un vestigio del entusiasmo que despertó en muchos la posibilidad de sintetizar células artificiales y demostrar así el carácter material de lo vivo.

Años más tarde Thomas Mann dio forma literaria a esas obsesiones en su novela Doktor Faustus. “Lo que más parecía interesarle a Herr Leverkühn”, afirma Serenus Zeitblom, uno de los personajes, “era la unidad fundamental esencial que existe entre la materia viva y la que llamamos inanimada, junto con la idea de que pecamos en contra de esta última cuando intentamos dibujar con rapidez una línea divisoria demasiado estricta entre ambas. En realidad, esta frontera es permeable, y no existe ninguna propiedad esencial que sea exclusiva de las criaturas vivientes y que el biólogo no pueda estudiar en una entidad inanimada”. Zeitblom, escribió Mann, habría de recordar para siempre la fascinación hipnótica que despertaba Jonathan Leverkühn ante su auditorio infantil al preparar amibas, hongos y líquenes artificiales en un pequeño acuario al que le agregaba parafina, sulfato de cobre y cromato de potasio.

Durante cerca de medio siglo Herrera trabajó día y noche tratando de crear protoplasma fotosintético en el modesto laboratorio que había instalado en la azotea de su casa, en lo que ahora es la colonia Santa María la Ribera. No lo logró. Ahora sabemos que la mezcla de formaldehído y derivados del ácido cianhídrico que utilizó produce polímeros de colores intensos que se precipitan formando estructuras microscópicas verdes y amarillas que recuerdan a los biomorfos de Wassily Kandinski, el pintor que también había leído a Haeckel. Dios no juega a los dados, pero la Naturaleza puede hacernos bromas perversas. A pesar del parecido que esas gotitas tienen con bacterias y amibas, no están vivas.

 

Novedad: No hubo barco para mí, Cal y Arena (Ensayo Personal).

 

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