La calle

¿No ven 'Dexter'?

Una vez más, ooootro Presidente reúne en el Castillo de Chapultepec expertos en seguridad para iniciar la n-ésima “renovación de las policías”. Ahora se llama “Sumemos Causas” o algo así, da igual. El Presidente Peña Nieto reconoció que los ciudadanos preferimos no encontrarnos policías. Así es. Y ya por reflejo.

Debo de haber tenido 28 años y visitaba por primera vez San Francisco. Así que la primera noche me puse pantalón vaquero, botas de punta cuadrada y correas a los lados, camiseta blanca y chamarra corta; consulté la guía Spartacus y me dirigí hacia una noche de seguros éxitos. No llegué: vi las luces sobre la puerta del bar, pero también un par de patrullas con torretas encendidas. Frené, pensé dos segundos y me di media vuelta. En otros dos segundos oí sirenas y el par de patrullas me cerró el paso. Bajaron los agentes de la ley con la mano sobre las cachas de las pistolas o ya desenfundadas. Me tumbaron sobre una patrulla y me pidieron identificación.

Tenía visa y era reciente, solo un día de estancia del tiempo concedido, la tarjeta del hotel, una YMCA siglos antes de que Village People cantara: Way, Em, Ci , Ei! Todo en orden. Que entonces por qué me había regresado al ver las patrullas frente al bar, preguntaron.

‘Cause I’m Mexican…

And so what? You are in order…

Expliqué, ya con vergüenza por mi país: Es que, verán, los mexicanos tenemos un reflejo: si hay una patrulla cercana, lo mejor es no pasar junto…

Se miraron en silencio, me regresaron los papeles y di unos pasos. “Eh!”, dijo alguno en tono amistoso, “ibas a aquel bar…” Asentí. “Puedes ir…”.

El origen del mal es el Ministerio Público. La institución es un desastre, sus agentes no reciben capacitación ni para tratar al denunciante: vivía en el DF cuando presenté en la delegación Benito Juárez una denuncia por robo de partes de auto. El agente del MP pidió “la media filiación de los sospechosos”. Como no los había visto, respondió: “¿Y qué quiere que hagamos? ¿Revisar todo el DF en busca de su radio?”. Menos aún saben armar de forma correcta una acusación y, en consecuencia, se les van pájaros gordos porque las evidencias de sus delitos fueron recogidas sin seguir protocolos necesarios para defensa del ciudadano. Recordemos el caso Hank Rhon.

Pero no es la omisión el peor delito del MP, sino la acusación de inocentes con la sola palabra de reos comprados, como los que pusieron en cárcel de alta seguridad, casi un año, al general Tomás Ángeles Dauahare y otros militares acusados de vínculos con el narcotráfico. La PGR y un juez federal no encontraron ni sombra de sospecha. El juez decretó libertad absoluta e inmediata. Liberado por inexistencia de pruebas, pidió revisar las causas penales basadas en los mismos testigos pagados.

Es aterrador para los ciudadanos comunes: estamos a merced de cualquier delincuente elevado a “testigo protegido”. La palabra de un criminal con apodo la Jennifer puso en la cárcel a tres generales, un teniente y un mayor.

La procuradora responsable, Marisela Morales, fue premiada con el consulado de Milán. Allá puede ser que le arreglen el pellizco de nariz que dejó su pésima cirugía estética, pero no dormirá mejor.

La propuesta de Luis de la Barreda dice: “Al igual que tratándose de las policías, todo mundo está de acuerdo en la necesidad de profesionalizar al Ministerio Público, pero los señalamientos en ese sentido no suelen precisar los pasos para lograr tan importante objetivo. El tema es más, mucho más, objeto de discursos que de medidas concretas y pertinentes. No hace falta decir que uno de los principales factores de la crisis de inseguridad y justicia penal que padecemos es la ineficiencia y corrupción del Ministerio Público. El Programa Universitario de Derechos Humanos de la UNAM ha llevado a cabo un estudio sobre el funcionamiento de esa institución en todo el país, con base en el cual propone medidas precisas y viables para profesionalizarla auténticamente. El estudio se ha hecho llegar al gobierno federal y a los de las entidades federativas.” Novedad 2013: No hubo barco para mí, Cal y Arena.

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