La calle

El país de la autocomplacencia

Nuestro alto nivel de corrupción es producto de la cotidiana autocomplacencia que justifica la corrupción en los de abajo, por no ser mucha, porque tienen necesidades.

En Twitter, más que en Facebook, causó indignación un artículo de Román Revueltas en MILENIO que firmo, suscribo y le pongo veladora: Nuevo negocio particular: agitadores de toda ralea se apoderan impunemente de peajes en las autopistas y cobran ellos las cuotas “para los padres de Ayotzinapa”.

Aun si fueran para los padres, que lo dudo, han montado un negocio particular. Los padres ya deberían admitir que sus hijos están muertos, calcinados, molidos y echados al río San Juan. Prueba: con buzos se han podido recuperar cuatro bolsas como las descritas por los detenidos y confesos: negras, para basura, y con restos de cuerpos quemados, ceniza y huesos rotos, como dijeron. ¿No trabajan esos padres de normalistas? Van a Chilpancingo, al DF, a Chiapas a que los del EZ les den un abrazo porque hijos nada más Jesús de Nazaret, y no hay telegrama de su próxima venida. Yo tampoco aviso ya de las mías... Ups, perdón.

Los indignados recurren a la falacia más barata: ¿Por qué no hablas de la casa de la mujer de Peña Nieto? A ver, a ver... Primero, porque no sé más que el lector común: nada puedo añadirle. Segundo porque es la falacia de “historia sin fondo”: si no mencionas que Julio César acabó con la República romana denuncias tu oportunismo, eres aliado de Augusto y te paga el Imperio Romano.

Puesto que me indignan los indignados, su falta de recursos lógicos, de datos nuevos, de otra información, su falta de indignación por el centenar de fosas clandestinas descubiertas en torno a Iguala, llenas de cadáveres que nadie buscaba y personas que nadie echó en falta en su familia, muertos viles que no son normalistas rurales, y hasta sus faltas de ortografía y sus menciones a hechos inconexos o invenciones de Morena, le subo a la vara del salto: Los políticos mexicanosson corruptos porque son mexicanos. Muchos mexicanos en un puesto público son rateros, no porque pertenezcan a la raza, a la subespecie Homo politicus, al genotipo de los burócratas, sino porque todos somos producto de nuestro sistema educativo, que comienza en casa.

No todos los rateros llegan a primeras planas porque los mexicanos de abajo necesitamos que la corrupción sea en decenas de millones para que nos escandalice. La menor no es noticia.

Por años le pedí a un cartero que devolviera revistas, de aspecto caro, dirigidas a inquilinos anteriores. Su respuesta era siempre que la tirara yo a la basura, él no quería volver a cargarla en su morral.

Al fin mexicano, me asombró la escena en Brokeback Mountain en la que a Ennis le devuelven una postal dirigida a Jack invitándolo a unas semanas de montaña solos y la postal, postal abierta, sin sobre, el timbre más barato, trae un sello: Deceased, fallecido. ¡No la tiró el correo!

Nuestro alto nivel de corrupción es producto de la cotidiana autocomplacencia que justifica la corrupción en los de abajo, por no ser mucha, porque tienen necesidades: es que la Revolución, es que Zapata, es que, es que... Y luego se alarma cuando la encuentra arriba: misma pero hay para juntar millones. Somos los mismos: el político mexicano corrupto es un mexicano que aprendió que “la familia” justifica todo sacrificio.

Los mexicanos ni siquiera deben emigrar a Estados Unidos para cambiar sus hábitos, basta que crucen la frontera. Se convierten en gringos respetuosos: no tiran la bolsa de las papitas en la calle, no intentan parar un autobús urbano fuera del paradero, en auto no invaden los pasos para peatones... Son otros, y la educación es la misma. ¿Qué cambió? Desapareció la impunidad: falta leve, multa leve.

La campaña de Carlos Castillo por el GDF se vino abajo cuando creía dar un golpe demoledor a Cárdenas: tenía pruebas de que como gobernador de Michoacán le había regalado un terreno público a su madre. Castillo se hundió: los mexicanos piensan que eso es natural y denunciarlo es no tener madre.

Martí Batres vendía una leche Betty. Analizada se vio que a) No contenía leche, b) Sí contenía mierda. Encarcelaron al productor. Martí sigue mamando presupuesto a carretadas junto a López Obrador.

Cuentos: El vino de los bravos (y unos tequilas), Planeta.

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