La calle

Nuestro error mortal

La izquierda mexicana cometió su error mortal cuando buscó a la corriente restauradora del PRI, urgida de volver a la protección del productor a costa del consumidor, invitó a quien le pondría una puñalada porque no hizo un trabajo de revisión histórica: la Revolución de 1910 y la enemistad de sus héroes, los Procesos de Moscú, el Muro de Berlín, el aplastamiento de multitudes húngaras con Imre Nagy en 1956, el de Praga en 1968, el Muro desbordado por miles de berlineses en 1989. ¿Respuesta?: silencio.

No hemos recorrido, de la mano de Solzhenitsyn, Koestler y otros, ese inmenso campo de muerte que cubrió el norte de dos continentes, Europa y Asia, la Unión Soviética en tiempos de Stalin. No nos hemos subido sobre los hombros de estos gigantes para contemplar el horror en que dio fin el sueño del comunismo y la igualdad con fraternidad.

Culpamos solo a Stalin, pero con Lenin, Trotsky y todos los bolcheviques comenzó la masacre: decenas de millones muertos por fusilamiento, hambre, tortura, frío ártico, para traer igualdad sobre el planeta. En 1937-38 hubo “un promedio de 28,000 fusilados al mes...” p. 518.

Ingenieros sentenciados a 10 años en Siberia por no cumplir el plan quinquenal, celdas para 25 donde apiñaban a 325 y, como no cabían, los guardias empujaban con las botas a los últimos y cerraban de golpe la puerta. Muchos no tocaban piso con los pies, otros se asfixiaban. Sin platos para servir el rancho, los guardias lo echaban sobre las manos del preso, en el gorro, en el abrigo. “A los muertos los escondíamos debajo de una litera para comernos su ración. Los sacábamos cuando comenzaban a apestar...” Menos mal: durante la hambruna en la región del Volga, se los comían (p. 408).

¿Y el soviético libre? Si centenares de presos esperan su tren, “los ciudadanos agachan la cabeza y pretenden no verlos. Las ancianas tienen más valor: ya no pueden corromperlas y además creen en Dios: parten trozos de su escuálido pan y lo arrojan hacia nosotros...” Su poca fuerza deja el pan a medio camino, los presos no pueden moverse a recogerlo.

“Nunca se había dado nada igual en la Historia desde que el hombre tiene memoria”.

Solzhenitzyn: Archipiélago Gulag I, Tusquets.