La calle

¿Tlatelolco y Ayotzinapa?/I

Cercanos el 26 de septiembre y el 2 de octubre, Sergio Aguayo anuncia su libro De Tlatelolco a Ayotzinapa. Las violencias del Estado. Comenta en Twitter que las trata juntas "porque las dos tragedias forman parte de una misma historia". Cierto si se refiere a la Historia de México, donde entran el Grito del cura Hidalgo, el poco mencionado crimen de migrantes en San Fernando, el triunfo de Madero o los muertos por asfixia en la disco News Divine.

De no ser así, se trata de una barbaridad indigna de El Colegio de México, casa de Aguayo. Pero no de Proceso, su editor. Hasta hoy, a un año de la tragedia de los normalistas, hay muchos datos indudables. Los enlisté la semana pasada, solo añado: el celular encontrado al capo de narcos, Sidronio Casarrubias, preso en octubre de 2014, donde en mensaje de texto le informa su lugarteniente, El Gil, recién detenido este 16 de septiembre: "Nos atacaron Los Rojos, nos estamos defendiendo" y "Los hicimos polvo y los echamos al agua, nunca los van a encontrar".

El mensaje lo confirman 120 presos, entre ellos el ex alcalde de Iguala, José Luis Abarca, que ordenó detener a los normalistas; policías de Iguala y Cocula que los entregaron a los narcos Guerreros Unidos, enemigos de Los Rojos; verdugos que los masacraron e incineraron, como El Cepillo. Y tres huesos quemados analizados por la Universidad de Innsbruck, misma que identificó los restos de la familia Romanov, la del último zar, dos positivos para Alexánder Mora y uno, hace una semana, de Jhosivani Guerrero, dos sin duda muertos e incinerados, y arrojados sus cenizas y huesos al río San Juan, donde buzos los rescataron en bolsas negras para basura como las descritas por sus verdugos.

No hay dato alguno de participación del Ejército ni de la Policía Federal, excepto por el buzo PF que perdió la vida al golpear su lancha contra un tronco durante la operación de búsqueda de restos, Higinio Flores Cruz.

En Tlatelolco hubo un cerco del Ejército y grupos de militares que, en ropa civil, recibieron a los soldados a balazos, provocando que respondieran el fuego: fotos, filmaciones, testigos, declaraciones ante MP. Y un Presidente de la República que, un año después, dijo: sí, yo fui: Salvé a la Patria. Aclamado por el joven diputado del PRI Porfirio Muñoz Ledo.

¿Y el asesinato de Gonzalo Rivas, quemado vivo por los normalistas que incendiaron —con nobles fines— la gasolinera donde trabajaba?

Crónica: No hubo barco para mí, Cal y Arena (Ensayo Personal).

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@luisgonzlezdea