La calle

Tirar lastre por la borda

Hacía mucho, no recuerdo si alguna vez, no terminaba un libro con la desolación con que cerré El cero y el infinito, de Arthur Koestler. El título en español es malo. Darkness at noon lo dice todo: Oscuridad al mediodía.

Hace decenios admiro a Koestler por su saga Los sonámbulos, centenares de páginas con los grandes de la ciencia tentaleando en la oscuridad de la ignorancia, Kepler perdiendo años en tratar de ensamblar las órbitas planetarias en modelos de cartón con los cinco sólidos platónicos o perfectos y tirando todo a la basura para dar con la clave: las órbitas son elipses con el Sol en un foco. El "canónigo marrullero" Copérnico, que nunca dijo lo que nos dicen en la escuela que dijo. Un viaje maravilloso.

El prólogo de Mario Vargas Llosa describe a Koestler como "Un hombre bajito y fortachón, con una cara de pocos amigos, cuadrada y abrupta". Un judío nacido húngaro, en 1905, que escribió parte de su obra en alemán. Vivió "la utopía del sionismo, la revolución comunista, la captura de Alemania por los nazis, la guerra de España [1936-39], la caída de Francia, la batalla de Inglaterra, el nacimiento de Israel, nacionalizado británico por necesidad", ídem.

Enfermo, él y su esposa decidieron, "fieles a los principios de Exit, sociedad de la que Koestler era vicepresidente, partir de este mundo a tiempo, con dignidad".

El cero y el infinito es una aterradora parábola del estalinismo y la derrota moral que hundió a los viejos bolcheviques, autoacusados en los infames Procesos de Moscú de todas las traiciones y todos los sabotajes.

Al héroe bolchevique de Koestler lo detienen una madrugada:

—Ciudadano Rubachof, Nicolás Salmanovitch, te detenemos en nombre de la ley.

En la celda, el autoanálisis de Rubachof corre por el filo de esta navaja: "Estamos obligados a castigar las ideas falsas como otros castigan los crímenes: con la muerte (). Nos parecíamos a los inquisidores porque perseguíamos los gérmenes del mal no solamente en los actos de los hombres, sino también en sus pensamientos. No admitíamos la existencia de ningún sector privado, ni aun en el cerebro de un individuo. () Hemos arrojado todo nuestro lastre por la borda; una sola ancla nos retiene: la fe () Una fe axiomática en la exactitud de nuestros razonamientos".

¿Y el asesinato de Gonzalo Rivas, quemado vivo por los normalistas que incendiaron —con nobles fines— la gasolinera donde trabajaba?

Crónica: Los días y los años, Planeta, el 68 en primera persona.

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