La calle

Gdl, Alfaro, clausuras

Quienes me conocen en la realidad real saben que fui dueño de bares en el DF. Escritor, poeta y campesino, pero también antrero. Por eso me sé el reglamento de insonorización: la música es para los clientes no para los vecinos.

El Taller era discoteque y, a pesar de estar en sótano, hice colocar en las paredes una pasta que absorbía el sonido. Regresé a Guadalajara y cuando este diario se llamaba Público y lo dirigía Diego Petersen escribí que el centro, o sus restos, moría sin remedio. Creo en la cultura del café, el cafecito de la cuadra. Y propuse llenarlo de pequeños cafés, bares, restoranes sencillos, para comer el plato del día con un vaso de vino y un café con un coñac. O nomás el vino, sin alimentos.

Una regidora panista del Sagrado Corazón arremetió en mi contra: si deseaba “reventarme” ya conocía la zona de antros tapatía. Dije que deseaba para mi ciudad lo contrario: no zona roja, sino ciudad civilizada.

En mi última mudanza me gustó una casa de renta pagable. Pero en la esquina un bar-restorán se anunciaba como La Mitotera. Me asustó, luego comprobé que no hacía honor al nombre: ni siquiera advertía si estaba abierto.

La finca la compró un rufián, un patán de aire narco, y tiró la casa, luego hizo una concha acústica ¡de lámina! hacia las dos calles de la esquina y puso altavoces. Se llama Once (no sé si 11 o “una vez”) en Vidrio y Unión. A 100 metros se oyen conversaciones en voz normal y la risa de caballo de una asidua. Los vecinos comenzaron a protestar. Recogían firmas una doctora de edad mediana y una pequeñita entrando a tercera edad. El rufián las amenazó.

Yo firmé, pero también hice llamadas: la vía mexicana de solución. Hace días fue clausurado. Ya descargan ladrillo para reconstruir paredes y poder insonorizar. Todo el centro está bajo revisión: clausuras para obligar a cumplir el reglamento. Bien hecho, alcalde Alfaro. Ni centro muerto ni insoportable.

Las Ramblas, en Barcelona, están llenas de bares, tiendas y restoranes sin protesta de los seis pisos de vecinos porque nadie tiene permiso de poner altavoces hacia la calle. ¿No podemos vivir igual?

Crónica: Los días y los años, Planeta, el 68 en primera persona.