La calle

Fe de carboneros

Con fe de carboneros, en las diversas izquierdas negábamos lo que se trasminaba a través de la llamada cortina de hierro: no había críticos, había traidores o vendidos. Semprún, Koestler, Orwell, Gide, Paz, eran casos lamentables, desertores, prófugos de sus ideales juveniles. Entre nosotros, José Woldenberg fue una brisa fresca con El desencanto, Cal y Arena.

Pasternak y su Doctor Zhivago solo muestra que en todas las revoluciones hay excesos, justificamos. Solzhenitzyn no podía ser real: bastaba con leerlo: ¿caravanas de esclavos?

“Las prisiones de tránsito se convirtieron en mercados de esclavos. Se recibía muy bien a los compradores, término que, sin el menor matiz de sorna, se oía cada vez con mayor frecuencia en pasillo y celdas [...] Los compradores debían poseer ingenio y buen ojo para escoger lo que se llevaban, no fuera a ser que les endosaran a inválidos y enfermos”. Los compradores eran autoridades de los centenares de prisiones que buscaban mano de obra para cumplir las cuotas de producción asignadas desde Moscú. No alcanzarlas era pasar de autoridad a otro preso más entre centenares de miles.

“Un mercader concienzudo debía exigir que hicieran desfilar ante él la mercancía en carne y hueso, más aún, en cueros”, p. 654.

“El convoy rojo se diferencia de los demás trenes en que quienes suben nunca saben si llegarán a apearse. Cuando en Solikamsk (1942) descargaron un convoy procedente de las cárceles de Leningrado [hoy de nuevo San Petersburgo], todo el terraplén quedó cubierto de cadáveres, sólo unos pocos habían llegado vivos. En los inviernos de 1944-1945 y de 1945 a 1946, los transportes de presos procedentes de los territorios liberados —ya fueran del Báltico, Polonia, Alemania o rusos de Europa— iban sin estufas y llegaban [...] con un vagón o dos de cadáveres. Esto significa que por el camino los retiraban meticulosamente de cada vagón [...] No se sabía cuántos habían quedado con vida hasta que abrían las puertas del tren. El que no salía por su propio pie era que estaba muerto”.

Los vagones llevan cada uno un soplón, así que, quienes sobreviven al viaje llegan “con una nueva condena a cuestas”, p. 667.

(Sigue el domingo).

www.luisgonzalezdealba.com

@luisgonzlezdea