La calle

Desigualdad y pobreza

Hemos hablado por decenios como si pobreza y desigualdad fueran sinónimos o al menos funciones una de otra. No es así.

No le creo nada a los economistas; pero tengo algunas intuiciones en las que insisto. Mi desigualdad ante Slim aumenta cuando sus acciones se revaloran y disminuye cuando se devalúan. Yo sigo igual, idéntico. Esto es: si pago mi renta, servicio de la casa, no me abstengo de nada en el súper y no sé cuánto cuesta el litro de gasolina, estoy en un nivel donde no me afecta el de Isabel II de Inglaterra… a menos que desee un palacio similar a Buckingham.

Volviendo a Slim, le recuerdo a los jóvenes que cuando Telmex era “de todos los mexicanos” ni siquiera la clase media tenía teléfono: un viacrucis de “coyotes”, sobornos, espera de meses, ires y venires a oficinas, colas para tener línea telefónica. Bien que el servicio de la compañía privatizada sea, sin comparación, mucho mejor, aunque malo respecto a países ricos. Pero es injusto que el comprador sea el hombre más rico del mundo, seguido por hombres que no compraron una compañía, sino crearon sistemas que cambiaron el mundo: los diseñadores de una computadora que se puede poner sobre un escritorio, en las piernas o, ahora, en la esquina de unos lentes; de sistemas operativos que no exigen estudios de lenguajes binarios, sino mover iconos: ellos merecen sus enormes fortunas.

No se apropian del dinero de otros como los legisladores mexicanos que viven como reinas… sin los bochornos que la pobre Isabel II sufre a causa de la royal family. No se agandayan (con Y): crean capital, crean empleos y transforman la vida cotidiana: no nos podemos imaginar la vida sin cajeros automáticos, pagos y reservaciones en línea o búsquedas de datos en segundos por Google: Steve Jobs, Bill Gates, la internet…

Esto es: hemos hablado por decenios como si pobreza y desigualdad fueran sinónimos o al menos funciones una de otra. No es así. No podemos pedir derecho a la alimentación, sino en la Constitución mexicana porque es un acúmulo de ocurrencias pergeñadas durante el eterno desquehacer de gente burda, tonta, mediocre y arribista como la mayoría de congresistas (y congresistos). El derecho a tener vivienda lo ejercen sin más los delegados que, en el DF, piden al arquitecto que solicita permisos para una torre de departamentos —luego de mil vueltas en que los papeles “no han salido”— el pent-house del edificio a cambio de la firma.

La desigualdad, cuando ya el más pobre tiene lo necesario satisfecho, no afecta. Debemos atender la pobreza extrema, no con programas
sociales que resuelven la comida de un día, como la “sopa popular” en las novelas del XIX, sino con infraestructura construida con impuestos ineludibles (el IVA) y moderación, no despilfarro, en los tres Poderes y en partidos políticos de Alí Babá.

El resultado de castigar a los ricos con un impuesto del 80 por ciento es, como demostró el actor Gerard Depardieu, que se van con su dinero a otra parte. Él se fue a Rusia. Llenaremos el mundo de más paraísos fiscales. “Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”, decía mi abuela. Debe elevarse la tasa a quien más gana, sin castigar sus aptitudes en el cine o sus negocios legales. China ofrece tasa cero durante años, “pero ven e invierte”. Y así ha crecido a ritmo asombroso, no con el Gran Salto urdido por Mao: a los físicos y químicos se les secaban los cultivos de arroz y los campesinos no sabían qué demonios hacer en los laboratorios. Eso causó hambruna y mortandad de millones de chinos. La refracción de la luz de Sirio en el agua de un arrozal tenía muy atento al astrónomo que no veía los gusanitos que subían a comer la espiga. Así les fue.

Igualdad en las oportunidades: eso no puede faltar. Y ya cada quien. Pero con escuelas gratuitas, de buen nivel todas, ciclos completos y maestros aptos, siempre habrá alumnos que destacan y otros que dejan los estudios. Mientras no se salgan por hambre, la igualdad de oportunidades está garantizada; la de resultados no lo estará nunca. Y eso, me dice un face-amigo, será siempre motivo de envidia…

Novela: Olga: Una bellísima jovencita hace todo por destruir su vida, y casi lo consigue.

Cuentos: El vino de los bravos (y unos tequilas), Planeta.

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