Especial

Raúl

Has muerto, camarada,
en el ardiente amanecer del mundo.
Octavio Paz


Raúl me abrumaba y huí de él (para muchos Raúl no requiere apellidos, pero es Álvarez Garín). Paz retiró de sus antologías el poema con esos dos versos iniciales, escrito en España durante la Guerra Civil, hijo de juventud, rechazado que terminó reconociendo y dándole su apellido. También lo escribí y borré varias veces. Es algo cursi.

A Raúl no lo traté durante el movimiento estudiantil del 68 porque en el ala de Humanidades lo veíamos con sospecha: él, Gilberto Guevara y Marcelino Perelló negociaban por su cuenta, murmuraba la izquierda. No me parece mal. Mi crítica ha ido en sentido opuesto: las oportunidades perdidas. En libro reciente que Gilberto Guevara me invitó a presentar en la FIL, para rechazar esa crítica mía argumenta varias negociaciones. Me quejé del hecho cenando con Pepe Sensato Woldenberg: “Luis... han pasado cuarenta años... ya... ya...” Le di razón.

Si a alguien se aplican las expresiones: eminencia gris, poder tras el trono, es a Raúl en el movimiento: jamás aceptó dirigir una conferencia de prensa, ser orador en un mitin. El menos visible del 68, pero nada se decidía que él no aceptara. Era magnético.

Lo traté en Lecumberri y le tomé admiración y afecto. Sabía que tocaba piano, pero, digo en Los días y los años, me sorprendió saber que tocara Bach. “Yo creía que tocaba Tico-tico”, escribí y no le gustó mi broma. Tampoco le gustó la de las flautas barrocas que describo en Otros días, otros años: del IPN y la UNAM nos llenaron de flautas (dulces o de pico o barrocas). Pero más nos alejó su teoría del genocidio: Aquí estamos todos los detenidos, digo, los secuestrados en el Campo Militar. Los soldados indicaron a la gente cómo cubrirse de “nuestras” balas y por dónde escapar de Tlatelolco, me describían mis amigos el primer domingo de visita en Lecumberri. Yo los creí muertos a todos, dado que, tirado en el suelo del tercer piso, en el edificio Chihuahua, donde pusimos el equipo de sonido, no podía ver la Plaza, pero oía el tableteo de ametralladoras. “No quedó nadie vivo”, me dije.

Lo vi tres veces aquí en Guadalajara, las tres por azar. La primera porque vinieron, él y sus más cercanos, al estreno de Orfeo, la primera ópera de la historia, de Monteverdi. Lleva en la orquestación dos clavecines y un hijo de Raúl tocaba en esa puesta. Yo esperaba un amigo a la entrada del teatro cuando, como aparición, vi a todo Punto Crítico. Hice una broma pesada.

A la salida me preguntaron dónde cenar y los mandé al Sanborn’s del centro. Yo me fui con aquel amigo a los lonches de La Playita, de maravilla. Nos descubrió la Chole. Fui luego a despedirme. Al final dije a la Chata Campa, su ex esposa y madre del clavecinista, a la que había visto, veinte años atrás en un cumpleaños de Alejandra Moreno Toscano, y allí le había comentado que teníamos veinte años de no vernos: “Nos vemos en otros 20 años, Chata”. Me cayó una sombra: creo que ya no los tenemos, pensé.

Las otras dos fueron en La Gorda. Me dijo que venía a presentar un libro de Revueltas.

—¡No supe que hubiera dejado un inédito! –dije.

—No, su defensa, la mía y la del Búho. ¡Es que los jueces deben oírnos! En un libro muy fuerte que presentamos mañana. A ver si vas...

Sentí un nudo en la garganta. Lo miré con cariño. Las defensas en Lecumberri.

—Raúl... Los jueces de ahora estaban en secundaria...

No asistí.

Ejemplo leve de cómo me abrumaba:

Ya libres le toqué al piano un preludio de Bach que lleva dos notas punteadas (plin, plin) y una acentuada (ploon). Allí me sonaba bien un golpe de pedal.

—¡Qué asco! ¡Bach con pedal es repugnante!

El clavecín, de tiempos de Bach, no tiene pedal para fuertes y suaves, es todo o nada. Tampoco había piano. Mi edición Schirmer’s de El clave bien temperado exige, en el preludio en do mayor, pedal.

Extraño joven: comunista, ateo, matemático,... y nos ponía al pre-grupo (“Para que nada nos separe, que nada nos una”, frase acuñada por él) a hacernos dedo-puntura contra el dolor (apretar con el índice derecho el ángulo entre el índice izquierdo y el pulgar) y me sugirió esa rara postura de la mano (que ahora se usa para significar “teléfono”) por otro asunto mágico ante la fotografía. No recuerdo qué.


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Twitter: @LuisGonzlezdeA