Panóptico

“Juana”

La vida se hace en borrador, y
no nos es dado corregir sus páginas.”
Ernesto Sabato


A Alejandra, mi prima.


Cuando era niño, mi abuela Juana, ciega a edad mayor, me decía: “Entiérrenme en el jardín de atrás. Entre el naranjo y la higuera.” Me lo confesaba, ahora lo entiendo, porque “a medida que nos acercamos a la muerte, también nos inclinamos hacia la tierra, pero no a la tierra en general, sino a aquel pedazo, a aquel ínfimo pero tan querido, tan añorado pedazo de tierra en que transcurrió nuestra infancia.”


Ella siempre hablaba de la vida en términos paradójicos. Nada era absolutamente bueno o malo, pues nuestra condición humana todo lo matizaba. Entre refranes y anécdotas, me pedía no mirar la vida como película en blanco y negro, sino en “technicolor”. Ella sabía que “la vida es imperfecta, y que las historias infantiles con Buenos y Malvados, Justicia e Injusticia, Verdad y Mentira, son finalmente nada más que eso: inocentes sueños.”


Empero, ella no relativizaba todo. El bien y el mal existían, pero éstos no requerían de un fanatismo moral o religioso para subsistir. Por el contrario, debía existir un piso firme, casi místico o heroico, para discernir entre los vericuetos de nuestra naturaleza humana. Y ella puntualizaba, si “la realidad es una desoladora confusión de hermosos ideales y torpes realizaciones, siempre habrá algunos empecinados, héroes, santos y artistas, que con sus vidas y sus obras alcancen pedazos del Absoluto, y nos ayuden a soportar las repugnantes relatividades” de nuestra vida cotidiana.


Ella misma era una empecinada colmada de amor y de esperanza; que molesta inquiría a la muerte, antes de expirar: “Si supieras lo que es el amor, me dejarías seguir. ¿Acaso tu nunca hiciste nada por amor?”.


Rebosante de vida, mi abuela Juana murió hace 45 años; y me heredó un mundo pleno de posibilidades para amar y esperar.
De ahí la dificultad para explicarle el legado que estamos heredando a nuestros hijos, en un mundo, en el cual, “la anorexia, la bulimia, la drogadicción y la violencia son signos del desprecio por la vida.” ¿Cómo mencionarle a mi abuela, que nuestros jóvenes no quieren tener hijos, o qué las futuras guerras entre nosotros serán por la obtención de agua potable?


Sin embargo, bajo este techo todavía observamos a nuestros hijos jugar con la vida, en “ese remanso, el más fértil y más vulnerable, cuando comparten la serenidad de los árboles y el germinar de la tierra. Cuando viven un tiempo que no se acaba: ¿cuánto falta para que llegue la Navidad?, ¿cuánto falta para mi cumpleaños? Para ellos el pasado no existe y el futuro es invisible. Y entonces, cada día es eterno”.


Mientras los observamos “nuestras horas se achican como un astro que girara cada vez en órbitas más pequeñas y a mayor velocidad” y solo podemos ofrecerles “precarios restos de madera” en este naufragio que todos compartimos, pero siempre, con la esperanza y el amor que tú abuela Juana me heredaste.


canekvin@prodigy.net.mx