Panóptico

“Comandante Fidel: ¡Presente!”

“Y aquí en el cielo de Sierra Maestrayo sólo alcanzo a saludar la aurora”.

Pablo Neruda



Fidel Castro ha muerto para llegar al cementerio de los líderes inmortales del Siglo XX, el mismo donde reposan Nelson Mandela, Che Guevara y Mahatma Gandhi, entre otros. 

Su fallecimiento pone el último clavo al ataúd de la utopía socialista que inicia con la caída del Muro de Berlín en 1989. Esa epifanía que visualizaba “la historia de la sociedad humana, como una historia de la lucha de clases sociales; burgesía y proletariado”. Y que precisaba la emancipación de la gente más necesitada para parir una sociedad comprometida, en un sentido radical y humanista, con el hombre. 

Por ello, el ideal reclamaba a sus seguidores abrazar dos frases torales:

“Hombre soy, y nada de lo humano me es ajeno”. Y, “déjese aquí cuanto sea recelo/ Mátese aquí cuanto sea vileza”.

Uno tras otro, caían los ladrillos del muro, mientras el  capitalismo voraz engullía a la URSS de Lenin y Stalin, y a la República Popular China de Mao Tse Tung, para transformarlas en asociadas globales de su depredación económica, política, cultural y medioambiental. 

Empero, la minúscula Cuba enfrentó sola al Imperio Norteamericano, abanderado de ese capitalismo insaciable, que nunca logró destruirla o modificar el curso de su Revolución iniciada en 1959. Más aún, Cuba resistió un embargo comercial que destruyó su economía desde 1960; y aguantó la guerra de propaganda ideológica lanzada por el Imperio desde Florida a través de Radio y TV Martí para sofocar a los cubanos.

Bajo esta presión, el liderazgo de Fidel fue excepcional “en la abolición del racismo, emancipación de la mujer, erradicación del analfabetismo, reducción drástica de la mortalidad infantil, elevación del nivel cultural y educativo, impulso a la investigación médica y al deporte”; aunque también permitió una burocratización del Estado, creación de castas sociales y una restricción de los derechos humanos.

Luminoso e imperfecto como Cuba. Ese fue Fidel. Hoy. Más brillante y presente que nunca. 


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