Ciencia y Política

Debate, poder y enfermedad

La política no es para ángeles o querubines – Alfonso Martínez Domínguez

 

El primer debate político de impacto internacional fue quizás el que se celebró en noviembre de 1960, entre Kennedy y Nixon. En este evento no hubo influencia mediática privada y su resultado dependió de los espectadores, que lograron revertir la infraestructura que había creado Nixon y hacer que Kennedy ganara por una minoría estrecha, que hizo récord en Estados Unidos. Ahí comenzaron los debates políticos y algunos se pervirtieron, por carecer de justicia y ecuanimidad, en donde algunos medios en lugar de dedicarse sólo a la crítica, también quieren gobernar.

La introducción tiene por objeto recordar que el poder político, desde tiempos inmemoriales representa un síndrome de pobreza y enfermedad emocional en muchos casos, en los cuales, los personajes que lo buscan requieren del aplauso y de la presencia del arte-ciencia de mandar y dictar órdenes, para curar sus privaciones afectivas de la infancia y la pérdida freudiana de sus patologías familiares y subconscientes.

Lo anterior conduce a la enfermedad y como alguien dijo: “Los enfermos que nos gobiernan”, tenemos que aceptarla y tener pavor al populismo, que como dijo Aguilar Camín en este diario, representa la desesperación suicida de un pueblo ante un mal gobierno. Es decir, la autodestrucción de las instituciones, que ejemplifican personajes como Jaime Rodríguez y López Obrador, que recordando al gran populista Adolfo Hitler, quieren llevar al pueblo a un caos funcional.

Esto nos conduce al siguiente corolario: no hay que votar por el mejor, sino por el más sano para evitar la anarquía; porque el realismo político, que según Maquiavelo debe acompañar al príncipe del poder, también debe servir a aquellos que votamos y que debemos evitar dar nuestra confianza a la esquizofrenia del poder.

luisetodd@yahoo.com