DESDE MI RINCON

Por un utilitarismo hedonista

Nadie puede negar qué, vivir conlleva experimentar en un momento u otro de la vida, una cierta dosis de dolor y de angustias. Esto es cierto, independientemente de si ese sufrimiento proviene del entorno, producido por las circunstancias o por otras personas,  o bien, como lo proponen algunas teorías psicológicas, se genera desde el momento mismo en que abandonamos el seguro y cómodo mundo uterino y somos expulsados a uno peligroso y hostil.El hecho es que ante esa perspectiva y sobre todo después de haberlo padecido, nuestra reacción natural es buscar evitar a toda costa ese sufrimiento, y es entonces que descubrimos en nuestro interior, otro aspecto de la vida que de algún modo resulta un antídoto contra el dolor y la angustia: la capacidad de sentir placer.El contar con esta maravillosa posibilidad de gozo físico o mental, puede hacer más llevadero el muchas veces difícil acto de vivir,  pero como muchas otras cosas, puede también volverse un problema cuando el placer se convierte en el único sentido de la vida. Tal es lo que a mi juicio ha sucedido con la sociedad moderna, la búsqueda del placer por cualquier medio y la supresión del dolor y la angustia, se ha convertido en nuestra razón de ser y de vivir. El sexo, el dinero, la vanidad expresada como culto al cuerpo y los bienes suntuarios, son entre otros, satisfactores que hemos colocado en la cúspide de nuestras prioridades, trayendo como resultado una sociedad hipersexualizada, una desmedida y desigual acumulación de la riqueza, desordenes de identidad y metabólicos, y la envidia que trae aparejada la inseguridad, ante  el deseo irrefrenable de poseer bienes materiales por cualquier medio, sea lícito o no. Todo en el marco de un sistema económico ultraliberal, que promueve y fomenta dichos satisfactores como un medio para obtener utilidades.Por ser estos satisfactores insaciables y adictivos, seguir por este camino nos llevará irremediablemente a un suicidio social. Tal vez sea tiempo de cambiar nuestro concepto de placer y de utilidades, por un utilitarismo hedonista como el planteado por John Stuart Mill: “El mayor bien, para el mayor número de personas”. 


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