DESDE MI RINCON

La necesidad de no ser un inválido

Se dice que algunas ideas son universales cuando son válidas sin importar el momento o el lugar en el que se apliquen. Tal cosa sucede con el análisis que de la violencia hace Erich Fromm en su libro: “El corazón del hombre”. Hoy, que la violencia es un tema cotidiano de nuestras vidas, resulta interesante  recuperar algunas de sus  consideraciones.
Sobre el añejo cuestionamiento de si la maldad o bondad son rasgos naturales en el ser humano, sostiene  que tenemos un “instinto destructor” que nos inclina a practicar la violencia en diferentes grados. Desde la “violencia lúdica”, como el deporte donde el objetivo no es la destrucción del contrario, hasta el sadismo y “la sed de sangre”, condición bestial que define Fromm como el “nivel arcaico”, pasando progresivamente por otras variantes, como la “v. reactiva”; la “v. por frustración”; la “v. vengativa” o la “destructividad compensadora”. Una sucesión gradual donde conforme se avanza, la condición patológica aparece y se desarrolla en el mismo grado.
Sería inútil intentar resumir  en este limitado espacio lo que propone Fromm, pero repasar una de esas variantes quizás sirva para entender parcialmente lo que hoy sucede en nuestro país.
De la destructividad compensadora dice, es la que sustituye a la “actividad productora en una persona impotente”, entendiendo como impotencia: la condición en la que por debilidad,  angustia o incompetencia,  el individuo no puede actuar para dirigir su voluntad hacia una meta que cambie o modifique su vida, sino que se siente condenado a ser cambiado o modificado por otros. Cuando este intolerable sentimiento de intrascendencia   sucede,  destruir la vida es también una manera de trascenderla.
“El único remedio para la destructividad compensadora es desarrollar en el hombre un potencial creador, desarrollar su capacidad de hacer uso productivo de sus facultades humanas”. “La violencia compensadora es un sustituto patológico de la vida, indica invalidez y  vaciedad de la vida del individuo”, pero esta actitud, y esto es lo importante,  por si misma demuestra la profunda necesidad del hombre por vivir y no ser un inválido.


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