DESDE MI RINCON

El estadista, el obispo y el hombre

Como en otras ocasiones me ha sucedido al presenciar un suceso trascendente, de pronto mi atención se desvía de la figura central, pues lo que sucede en el entorno es tanto o igual de interesante.

Mirando en la televisión la visita del Papa “en vivo”, viéndolo rodeado, si no es que acosado por una multitud variopinta de quienes ubicados en las jerarquías concéntricas del poder, disimulada o abiertamente se le amontonaban buscando saludarlo, tomarse la foto o ser bendecidos, de algún modo eso me hizo recordar el pasaje bíblico en el qué, Jesús se ve oprimido por una muchedumbre que le demanda prodigios, milagros y curaciones, haciéndome pensar en la gran necesidad qué, entonces y ahora tienen algunos de ser exculpados de sus faltas, sobre todo aquellos que por su posición o fortuna, tienen la posibilidad de hacer el bien y no lo hacen.

Esto ha sido parte importante del discurso del Papa, tanto durante su ministerio como en su periplo  por nuestro país. No soy proclive a mistificar a un ser humano, ni a dejarme llevar por la sugestión de prestigio de un personaje y menos aún a caer en la histeria colectiva, sin embargo creo que en lo intelectual y espiritual existen personas más “evolucionadas” que otras.

Así, de entre el jefe de estado, el líder religioso y el hombre, fue la condición humana de Francisco I  la que me hizo pergeñar estas líneas. En su rostro de expresión compasiva, tras su sonrisa abierta y bajo su frente amplia, unas ojeras  revelaban cansancio y por momentos, la desubicación espacial propia en quien es trasladado rápida y constantemente de un sitio a otro. Mas allá de eso  y gracias  a los “close ups”, pude apreciar  la luz de una brillante chispa de inteligencia, en el fondo de unos ojos que nunca pierden su concentración en lo que sucede, rasgo característico de grandes lideres.

La familia, el bien común y la casa común (tema ecológico), la indiferencia y la falta de participación social dirigida a los obispos, fueron también ideas que dolorosamente  me recordaron  aquello de que: “no es de gente ruin comprender grandes ideales” y también lo de: “al que le quede el saco que se lo ponga”.


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