DESDE MI RINCON

Yo creo

La negación de la divinidad de Jesucristo por el presbítero Arrio (256-336 d.C.), que  cuestionaba la hipóstasis de la “Santísima Trinidad”, generó en la comunidad cristiana del siglo IV, una crisis que la Iglesia resolvió en el Concilio de Nicea de 325 y el de Constantinopla en 381,  mediante la creación de una oración que reafirmaba la creencia dogmática en la triada divina: el Credo.La palabra credo, significa “yo creo” y tiene como origen el verbo latino “credere”, que significa creer y de donde devienen palabras como crédito, creencia o acreditar, vocablos todos que tienen en común la idea de tener fe en algo o alguien, lo cual  es una necesidad intrínseca del ser humano.Sea que nuestra actitud gregaria se dé por naturaleza o por necesidad, es indudable que la confianza resulta indispensable para mantener no solo la cohesión social del grupo, sino también nuestra estabilidad mental y emocional. Vivir en la desconfianza, dejando de creer en la honestidad, la bondad, la veracidad o los  demás valores que mejoran nuestra  condición humana y nos distinguen de las bestias, trae como consecuencia un estado de paranoia y amargura.Tal situación de desconfianza es la que al  parecer, con sobrados motivos se ha adueñado de nuestra  actitud en la sociedad mexicana. A las diversas crisis que padecemos (de seguridad, política, económica, etc.), debemos añadir la crisis de confianza,  en un nefasto circulo vicioso que hace más difícil encontrarle solución a las primeras.Desconfiamos del político, del cura, del policía, del maestro, del médico, del empleado, del patrón, de los billetes, de los medios de comunicación y en ocasiones hasta de los amigos y los parientes, todo en el marco de un materialismo extremo que hace que cada cual quiera trasladar su crisis al otro.Pienso en todo esto, mientras frente a mí, desfilan los peregrinos que ofrendan a la virgen, al son de una extraña mezcla de  cánticos, tam tam del huehuetl, bandas de guerra, tamboras sinaloenses, bandas gruperas, bocinas de autos y ulular del atecocolli. Y me pregunto si el fervor guadalupano, podría hacernos el milagro de volver a creer en nosotros mismos. 


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