DESDE MI RINCON

Un chocolate en Brugge

Mientras más al norte avanza el confortable y económico Citro en, el ángulo de los techos de las casas se vuelve más agudo; más clara es la piel, el cabello y los ojos de las personas; mas plano el terreno (por lo que Pam y Ced llaman coloquialmente a Bélgica y Holanda “paysplat”) y más rápido desciende la temperatura.
Hoy, el paisaje se ha vestido con su traje dominguero de otoño y las hojas de los arboles perennifolios, destacan sobre los cultivos y casas de lacampiña, luciendo toda una gama de tonos de verde y marrón, desde el café oscuro, el ocre, el siena o el borgoña,  hasta el amarillo intenso, pasando por el dorado y aun el carmín o el escarlata, todo como pinceladas que sobre un lienzo dejara un pintor impresionista, queriendo usar todos los colores de su paleta.
El letrero anuncia: Brugge 40. Los montones de remolacha junto a los caminos, anuncian que la cosecha recién ha terminado y la tierra oscura y lodosa, me hace recordar la derrota de las tropas de Felipe IV (le Bel) a manos de los flamencos, cuando su caballería,  quedo atrapada en el fango característico de estas tierras bajas por un error estratégico de su comandante  Roberto de Artois.
En el horizonte, se recortan las góticas siluetas de las agujas medievales de la ciudad. Brugge a escasos kilómetros del Mar del Norte, vive hoy primordialmente del turismo, pero en otro tiempo fue un importante puerto de comercio, de donde deviene su nombre del celta “bryghia”, que  se traduce como “puente o embarcadero”, por los muchos puentes que cruzan sus numerosos canales.
Fue hasta el cercano siglo XIX, cuando por similitud fonética  se castellanizo  el nombre como “Brujas”, término que sus habitantes han no solo aceptado, sino aprovechado como una gran ventaja competitiva en el mercado del turismo internacional.
En el mercado de Brugge, el termómetro marca ocho grados, pero la sensacióntérmica que provoca el viento es como de cinco. Un chocolate caliente acompañado del típico wafle flamenco me sabe  maravilloso y, recordando que  el cacao es de origen mexicano, pienso en cómo, al  igual que Artois, desperdiciamos nuestras mejores ventajas comparativas.


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