DESDE MI RINCON

Cada abrazo es diferente

Si todo sale como debe y los duendes de la prensa no meten sus traviesas manitas, a la hora en que los amables ojos del lector recorran estas líneas, ya habrán pasado las campanadas, los brindis,  las uvas y los saludos de fin de año. La euforia se disipará en el perezoso desmadejamiento de la  mañana del año nuevo y en algunas cabezas infantiles, resonará todavía  el tronido de los cuetes, mientras en algunas otras, supuestamente adultas, las neuronas sobrevivientes a la desmedida celebración amanecerán flotando en una pastosa resaca etílica.
Alrededor de un absurdo mundo enmarañado entre tweeters, posts, inboxs y whats apps, según su presupuesto y su estado de animo, cada cual en su individualidad habrá cerebrado y celebrado el fugaz minuto en el que, conforme al vetusto calendario gregoriano  que nos rige, dejamos atrás y para siempre un lapso irrecuperable de nuestra vida.
Durante el día, habremos intercambiado con conocidos y desconocidos, saludos y abrazos acompañados  de  la consabida frase: “feliz año”, que con ambigua sabiduría, no define si nos deseamos felicidad  por el año que vamos a vivir, o nos felicitamos por haber sobrevivido al que termina. Conforme llegue la noche, en salones de fiesta, reuniones familiares o de amigos, bares, restaurantes y aún en centros de trabajo con labores  nocturnas, las felicitaciones se repetirán “in crescendo” y después de todo el “mitote”, habremos repartido y recibido una cierta cantidad de abrazos.
Si es cierto como dicen, que el abrazo en el ser humano es una forma de expresión no verbal donde las manos también cuentan, tal vez convenga entonces hacer un inventario de los abrazos dados y recibidos. Los hay de todo tipo: fuertes, palmeados, tímidos, cordiales, calidos, sensuales, distantes, atrevidos, formales y aún falsos o hipócritas. Tantos, como la abismal diversidad de emociones que conforman la esencia humana. Pero todos, aún los últimos, no son sino el vago intento de mitigar esa a veces inquietante sensación que todos percibimos desde el nacimiento hasta la muerte: la soledad.
Sí, cada abrazo es diferente, y hay algunos, que nos hacen sentirnos menos solos.


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