DESDE MI RINCON

Tetelestai o la sabiduría de vivir y morir

Hay en el ámbito empresarial una figura llamada “Toma de decisiones bajo incertidumbre”, que se aplica cuando se toman disposiciones con un cierto margen de riesgo, el cual depende de la calidad y cantidad de la información de que se dispone.

Este escenario empresarial no es sino una metáfora de la vida, en la que la incertidumbre de un futuro siempre impredecible, suele traducirse en una forma de temor lógico y natural qué, cuando se sale de los límites de nuestro control, se nos convierte en angustia.

Los seres humanos percibimos la vida en términos de tiempo y en esa percepción, de un modo u otro tenemos conciencia de que  el pasado es irrecuperable y a veces vago e impreciso, el presente es volátil, efímero e inasible y, por nuestra condición de sabernos seres finitos, el futuro nos resulta turbadoramente incierto.

Tal vez por eso en este caótico y amenazante mundo moderno, es tan creciente la afición a tomarnos fotografías, quizás como  un vano intento de apoderarnos de un presente “feliz”, que en el fondo sabemos que irremediablemente  se nos escapa.

Tal como en las empresas la clara definición de “la razón de ser” y de la misión empresarial  facilita la toma de decisiones, en nuestra vida la definición de “nuestra razón de existir” y la edificación de  un “sentido por el cual vivir”, nos protege de la nostalgia del pasado y nos libera de la angustia de un futuro del que lo único que podemos asegurar es nuestra muerte.

“Desde que nacemos, nacemos para morir” dice  Neitzsche, y de manera paradójica esta conciencia puede permitirnos amar la vida. La sabiduría de vivir conlleva no solo la aceptación de nuestra temporalidad, sino también la del  conocimiento y el compromiso con  nuestra función en nuestro paso por este mundo.

“Tetelestai”, fue la última palabra en griego que pronunció Jesus el Cristo antes de entregar su espíritu según su discípulo Juan (19,30). Se cumplían así las escrituras tal como El las había interpretado, su misión estaba concluida, el sentido de su vida y la razón de su existencia llegaban a su fin. “¡Consumado es!” dice la traducción castellana y murió con la tranquilidad del deber cumplido. 


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