DESDE MI RINCON

Sólo nos queda confiar en el dólar

La “cosificación” de la que hablaba Jean Paul Sartre, con frecuencia nos hace olvidar que detrás de la figura del cartero, el plomero o el electricista que nos atiende, hay un ser humano con nombre y apellido, así como con sentimientos y emociones resultado de su propia  historia, con toda la complejidad mental que eso implica.

Con esa misma percepción “cosificada” nos manejamos cuando pactamos un servicio con una empresa. Cuando contratamos un servicio de transporte aéreo pensamos en la contraparte como la imagen corporativa de una determinada compañía de aviación, y poco o nunca nos preguntamos quien será el piloto, aquel de cuyas decisiones y manos dependerá nuestra vida en las próximas horas.

Así, por una necesaria higiene mental, damos por sentado que la “seriedad” de la empresa es garantía suficiente para evitar preocuparnos, es decir; confiamos en eso porque decidimos confiar.

Las primeras conclusiones a que han llegado los investigadores del accidente aéreo en los Alpes franceses, señalan como culpable a Andreas Lubitz copiloto de la nave de quien se dice padecía trastornos psicológicos. Si bien Lubitz era tan solo un ser humano susceptible de enfermarse como cualquier otro, cuesta trabajo aceptar que un piloto profesional no hubiera escogido una manera individual de suicidarse, dado el alto sentido de responsabilidad que lógicamente poseen quienes han aprobado los exigentes requisitos de esa carrera. 

Por otra parte y suponiendo sin conceder, que haya sido el joven copiloto alemán de 27 años el culpable, obligadamente cabe preguntarse como puede un individuo con indiscutible preparación técnica y académica, llegar a actuar en forma tan indiferente a la vida y al dolor ajenos.

La única respuesta que se me ocurre es algo que desde hace tiempo he venido temiendo: Las nuevas generaciones tienen una percepción deformada de la vida y de la muerte, producto de los juegos cibernéticos con los que crecieron personas como Lubitz, en los que la muerte no es real sino virtual.No podemos vivir sin confiar y como esta el mundo, tal vez sólo nos queda confiar en el dólar, no en su valor sino en lo que dice: In god we trust. 


lamontfort@yahoo.com