DESDE MI RINCON

Sísifo, la azucena y la thuja

La fresca noche  de primavera invita a mirar al cielo. Ahí, ligeramente al oeste del cenit,  resplandece poderosa y magnífica la constelación de Orión, sus bien alineadas estrellas llamadas popularmente “las tres marías”, parecen señalar su recorrido por el  firmamento nocturno, al tiempo que hacia el Este, señalan a la bella y platinada “Sirio”, la estrella más brillante del cielo y testa de su perro el “Can Mayor”, quien fielmente sigue a su amo Orión, en su persecución amorosa e incansable de las siete “Pléyades”, seis de las cuales brillan virginalmente, mientras “Merope”, se esconde de vergüenza por haber yacido con el mortal “Sísifo”, aquel que fue castigado por negarse a morir, con la tarea de empujar eternamente una gran piedra por una ladera.

“Betelgeuse” la mano derecha de Orión y “Rigel” su pié izquierdo, apuntan a “Castor” y “Polux”, quienes desde su constelación de “Geminis”, observan inmutables cómo el acoso amatorio de Orión se ve perennemente frustrado porque la constelación de “Tauro”, interpone su brillante  estrella de fuego carmesí “Aldebarán”, en defensa de las hijas de “Atlas”.

Mientras disfruto arrobado de este celeste escenario mitológico, llega hasta mí un exultante    aroma primaveral.  El recatado arco de arrayanes de María, enmarca el pequeño mundo vegetal  cosmopolita en donde se dan cita y exhalan sus perfumes: de Asia los  rosales y la  thuja, llamada también “arborvítae” o árbol de la vida por permanecer siempre verde; los pericos o “Don Diegos de la Noche” y los guacos amerindios; la palestina azucena que florece el “Viernes de Dolores”; el fórmio de Nueva Zelanda con el que los maoríes elaboraban sus propias “nazas” y por encima de todas las fragancias, se perciben las de los geranios y el exuberante romero, flora que por ser mediterránea, irremediablemente me hacen preguntarme si acaso una noche, en Jerusalem hace casi dos mil años, otros seres humanos celebraron una resurrección a la luz de las mismas estrellas.

Es la noche del Domingo de Resurrección y como Sísifo, la vida se niega a morir, la azucena floreció hace dos días y la thuja, el arborvítae, sigue siempre verde.


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