DESDE MI RINCON

Kintsukoroi

A quienes hemos nacido en la “cultura occidental”, no nos es fácil entender algunas de las ideas y conceptos orientales, particularmente cuando se trata de sociedades desarrolladas en donde el sentido del verbo “ser”, se aprecia en muchas ocasiones por encima del “tener”.

Esto hace que muchas de las voces que conforman su escritura ideográfica, involucren un sentido mas profundo que la sola descripción del objeto o acción a la que aluden.Tal es el caso del término “Kintsukoroi” (en japonés: reparación de oro) que se refiere a la técnica de resanar objetos rotos de cerámica, con una resina ligada con oro, plata o platino.

También llamado Kintsugi (carpintería de oro),  el proceso no pretende disimular o esconder  las “cicatrices” de la rotura, sino que las hace patentes, como una forma de mostrar que el objeto subsiste a pesar de haber sido roto, llegando incluso a valorarse más algunas piezas antiguas restauradas, que otras de igual antigüedad, pero que permanecieron indemnes.

La metáfora salta a la vista, la semejanza con la experiencia humana del vivir es evidente, sobre todo si reconocemos que sin excepción; inevitablemente todos los seres humanos sufrimos alguna forma de fractura emocional en el transcurso de nuestra existencia.

De eso esta hecha la vida, grandes y pequeñas adversidades y dolores nos acechan desde que nacemos y en la lucha por sobrevivir, nos caemos y levantamos de muchas formas, restañando nuestras heridas con  los metales preciosos de que disponemos, que no son sino los recursos resilientes que sostienen nuestra auto-estima y nuestra dignidad.

La resiliencia psicológica se define como la capacidad de un individuo para superar situaciones adversas y recuperarse.

Está estrechamente relacionada con las condiciones físicas y emocionales en las que la persona se ha desarrollado, tales como alimentación, salud, vivienda, familia, aceptación o figuras fuertes, y es susceptible de desarrollarse aun cuando algunos de estos elementos no hayan sido provistos  suficientemente, asumiendo a veces  la forma de una voz interior, o la de una afable pero imperiosa campana que nos alienta y dice: Levántate. 



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