DESDE MI RINCON

Dime que conduces y te diré…

En ocasiones pienso que la forma de ser de muchos conductores, tiene una estrecha relación con el vehículo que conducen, casi como si fuera una extensión de su personalidad, aunque a veces, es la prefabricada imagen mercadológica del vehículo, la que se adueña del comportamiento del conductor.
Los coches han recorrido un largo camino, desde los incómodos carretones, hasta los hiperlujosos autos modernos, pasando por las diligencias, calesas, cabrioles y berlinas, existiendo hoy una auténtica “cultura automotriz”, donde a veces un carricoche rodante vale mas que una finca urbana.
Esta mi aventurada suposición de la “personalidad proyectada”, se me confirmó hace pocos días al vivir esta curiosa  experiencia vial.
Aunque no podía confundirse con una detonación de arma de fuego, el sonido fue estridente, y una instintiva reacción de alerta (desafortunadamente ya tan lagunera) se extendió entre quienes esperábamos el paso en el crucero.
Al anciano Chevrolet Viking, cargado hasta el tope de viandas y enseres domésticos, algo se le había roto y lucía grotescamente inclinado bloqueando el paso casi por completo.
Acostumbrado al caos vial de nuestras calles, intente retroceder para esquivar el inesperado obstáculo, pero era tarde, Ford Lobo ya rugía sobre mi cajuela, mientras a un lado, RAV4 se arreglaba las pestañas y al otro, Jeep Renegade oprimía frenéticamente el claxon mirándonos iracundo como si la situación fuera una afrenta personal. Mientras esto sucedía, Bocho se aunó respetuosamente a la fila, impidiendo sin intención, que RAV4 pudiera moverse para desahogar así el absurdo embotellamiento, aunque ahora RAV4 se concentraba en corregirse el rubor. Bocho reaccionó y quiso moverse,  pero en eso apareció Atos, quien como una saeta anaranjada, trató de pasar bloqueando el paso de Bocho, para  terminar atorándose frente a Viking, ya que por la avenida llegó Dodge Onapafa, quien indiferente a todo y a todos,  trataba de meterse en sentido contrario para acceder a una gasolinera.
Gracias a un espontáneo e  improvisado agente de tránsito el embrollo duró poco, pero yo reforcé mi teoría. Dime que conduces y te diré…