Mundo Industrial

Seguir siendo niños es nuestra decisión

El convertirnos en adultos es inevitable; continuar siendo niños es nuestra decisión.

El domingo pasado fue Día del Niño, así que quiero aprovechar este espacio para reflexionar sobre lo muy importante que es mantener en nosotros ese espíritu de niño que todos hemos experimentado.

Ver y vivir la vida a través de los ojos de un niño es hacerlo con una gran sencillez y gran plenitud, el mejor ejemplo que tenemos de la capacidad que tenemos de seguir siendo niños a pesar de nuestra edad avanzada, es cuando hemos sido participes de algún huego con nuestros hijos, el pequeño que le pide al papá ser el caballo en el que monta para transitar por un mundo de aventuras maravillosas, o la niña que juega a la comidita con papá y mamá como maravillados comensales, que festejan cada “platillo” salido de esa imaginación maravillosa de la infanta.

Si en nuestra vida diaria aplicáramos una dosis de esa frescura, ingenuidad y bonhomía, les aseguro que seguramente sería más llevadero el enfrentarnos a los retos que la vida moderna nos impone con su crudeza y enorme frialdad.

La vívida imaginación de un niño convierte una caja de cartón en una nave espacial o en el más veloz de los autos de carreras, un palo de escoba en el caballo más brioso y noble que se pueda tener.

Todo eso se está perdiendo al privar a los pequeños de desarrollar esa imaginación, cuando por comodidad o moda los empujamos a utilizar toda la enorme gama de dispositivos electrónicos, que con su enorme variedad se convierten en espejismos que los aíslan y limitan de ese disfrutar a plenitud lo que la vida nos da de manera gratuita.

Al recordar nuestra niñez vemos con claridad que las preocupaciones cotidianas no iban más allá de encontrarnos con nuestro mejor amigo para inventar el nuevo juego, o emocionarnos al máximo por la travesura insignificante que se planeó para el día siguiente en la escuela y que seguramente nos metió en aprietos que al primer abrazo de mamá desaparecieron.

El perdonar al que nos hizo una grosería no requería más que de alguna complicidad de otro niño para retomar el camino de la “amistad para siempre”, el compartir un pedazo de torta o nuestro refresco no implicaba consideraciones especiales ni limitaciones.

El “stress” no era una palabra conocida en el vocabulario infantil, la inmediatez tenía sentido solo a la hora de abrir los regalos y descubrir que eran efectivamente juguetes y no una prenda de ropa “preciosa” que alguna tía muy adulta nos había llevado.

Felicidades a todos los niños y a todos los adultos que sigan pensando dentro de ellos habita un niño que usa una armadura tipo “transformer” que los ayuda a enfrentar los retos de este mundo civilizado.