Mundo Industrial

Frente al Santo Sudario de Turín

El pasado sábado tuvimos oportunidad de asistir a un evento extraordinario que solo se ha llevado a cabo en seis ocasiones (incluida esta) durante los últimos 100 años: La exhibición al público del Santo Sudario en la Catedral de Turín.

Una ocasión que lleva necesariamente a la reflexión profunda y con toda humildad de la contundencia de la fe del ser humano cuando esta existe: más de 1 millón de personas han visitado ya la catedral durante esta exhibición que termina el 24 de junio.

Es tan sobrecogedora la experiencia de estar frente a este lienzo, que muchas personas se desvanecen derivado de la fuerza y energía que se transmite ante esta reliquia.

Sin entrar a polemizar sobre los datos científicos, millones de análisis y controversias, la realidad es la percepción tangible y autentica de la convicción de millones de personas que con todo respeto, orden y una gran humildad se han congregado alrededor de esta muy significativa imagen plasmada en un viejo trozo de tela.

Esta contundencia reanima la esperanza y la certeza de que cuando se tiene verdadera fe se pueden mover montañas; nos mueve a reconfirmar nuestros valores personales y convicciones de que podemos lograr cambiar nuestro destino, corrigiendo el rumbo de todo aquello que nos afecta y nos impide vivir en paz y armonía.

Ser testigo presencial de algo de estas dimensiones nos lleva a entender aún más lo muy afortunados que somos al gozar de tantos privilegios, que muchas veces derivado de la vorágine de la actividad cotidiana, pasamos por alto con mucha facilidad.

Es un recordatorio perenne de que el dedicamos a servir a los demás antes de pensar en nosotros mismos, es una forma sencilla de sentirnos plenos y satisfechos.

La velocidad con la que a veces nos arrastra la supuesta “modernidad” a vivir nuestras vidas nos ha hecho indolentes respecto de nuestros semejantes, y eso lo vemos reflejado todos los días en la enorme cantidad de dificultades que enfrentamos.

Hemos permitido que los excesos nos quiten la simplicidad de disfrutar desde la naturaleza hasta la convivencia necesaria con nuestros semejantes.

Nos rebasa la violencia, la ambición por tener más a cualquier costo, incluso hasta el sacrificar nuestras familias; perdimos el rumbo de la armonía y el esfuerzo conjunto como elemento básico de respeto hacia los demás.

Estamos muy a tiempo de recuperar nuestros valores y dejar un mejor mundo a las generaciones que vienen, todo depende de lo convencidos que estemos de ello.

Pasemos de la simple reflexión y de la inmovilidad, a la acción decidida.