Mirada en la red

La muerte, corre el telón

Philippe Ariès, el historiador francés, escribió a raudales sobre la vida privada. En uno de sus libros: "Morir en Occidente" explica que el sentido que le hemos otorgado a la muerte, especialmente a partir del siglo XIX, está basado en tres ejes fundamentales: 1). Se le huye a la muerte, se le teme y nos aterroriza; incluso el solo hecho de pretender hablar del tema, nos parece de mal gusto, prosaico, "aguafiestas" e impropio.

Aunque a ratos destinemos unos minutos a recordarnos que nos habita la finitud, más bien no conducimos como si fuésemos inmortales. Un auténtico movimiento pendular que va, del horror a la muerte a la autoconcesión de una vida cuasiperenne. 2). Se le ha expulsado del hogar; ya no está bien visto agonizar en casa –a decir de Ariès—Es preferible fallecer en un hospital, con todos los cuidados requeridos, pues nuestros familiares no siempre estarán en condiciones de prodigarnos los paliativos inevitables; especialmente cuando se trata de enfermedades terminales. 3). El duelo, las muestras de ese oscuro sufrimiento, de ese desconsuelo insondable que deja el ser querido, hay que mostrarlo exclusivamente en la intimidad; nada de devastaciones ni de dramatismos frente a las cámaras para que luego osen circular en pantallas, sitios web o en las virulentas redes sociales. ¡Nada..! A guardar la compostura, que los medios y sus reporteros acuden a visitarnos en pleno velorio, para tratar de ver al fallecido, como si aún estuviese presente.

Lo que sigue, es un caudaloso río de reconocimientos, exaltaciones y méritos (ignorados por la mayoría de la población) acerca de la persona que ha partido. Si se trata de personalidades de la política, la industria, la cultura o la ciencia, lo que se espera es que quien ha muerto, sea colocado en el punto de inflexión, en el parteaguas, en el antes y el después en su campo; indispensable y justo mecanismo para que el vulgo comprenda de quién se trataba y la obra mayúscula que aportó al país o mejor, a la humanidad.

Este aparato discursivo lo acabamos de apreciar la semana pasada, con respecto al fallecimiento de Rafael Tovar y de Teresa, quien fuera el Secretario de Cultura del gobierno federal. Un hombre culto, ligado al poder político mexicano; poseedor del título nobiliario Conde de Gustarredondo y, con largas raíces que lo atan, a él, a su hijo Rafael Tovar López Portillo y sus tres hijas, a los Habsburgo.